en Alpinismo, General

Alexei Bolotov

Fui a ver el documental “Pura Vida” a los cines Golem de Madrid, la versión moderna de los clásicos Renoir.  Para dos provincianos como nosotros siempre es un estímulo visitar la capital, pero hacerlo únicamente para ver una película de alpinismo le otorgaba al momento un aire solemne.

Dentro de aquella diminuta sala, mi pareja mantenía una actitud «isoterma» mientras que yo no podía contener el nerviosismo. Gradualmente las luces se desvanecieron; unas banderas de oración colorearon la pantalla y a continuación Iñaki Ochoa de Olza, sobrecogido por la inmensidad del paisaje, hablaba a la cámara. Los minutos pasaban y en aquella peli no aparecía la más mínima escena de acción; nada de planos subjetivos, travellings o efectos digitales. Con una puesta en escena bastante farragosa, cargada de testimonios y flashbacks, la secuencia del relato era realmente difícil de seguir. Evidentemente nos habían engañado. Aquello no era un documental sobre alpinismo, sino una  tesis sobre los valores más honorables de la naturaleza humana, algo para lo que sin duda no nos habíamos preparado. Prueba de ello es que tanto Isabel como yo acabamos llorando a moco tendido en mitad de la platea. Ella hace tiempo que está inmunizada frente a cualquier cosa que tenga que ver con esta manía de subir montañas, pero la valentía de Uli Steck, la bondad de Horia, la pasión de Denis y la generosidad de Don, fueron atravesando su coraza como gotas de ácido.

Pero sin duda había una figura que ejercía mayor magnetismo que las demás. Un personaje imposible en cualquier relato de ficción. Alexei Bolotov, un gigante con mirada de niño tímido, que agacha la cabeza ante la reprimenda de su esposa cuando le acusa de correr demasiados riesgos. Él es consciente de que ella tiene razón y de que inevitablemente volverá a hacerla sufrir una infinidad de veces. Un ser honesto y sencillo al que la fama y el reconocimiento no interesan y al que, como dice Ueli, le gusta más actuar que hablar.

Nunca nadie ha tenido más razones para bajarse de una montaña a toda prisa que las que tuvo Alexei Bolotov en el Annapurna: acababa de descender de la cumbre a la que había subido en solitario, presentaba síntomas claros de padecer un edema pulmonar, calzaba las botas frías de Ueli Steck (al que le había cedido sus botas de altura) y sobre todo, nadie esperaba absolutamente nada de él. Cuando le preguntaron por qué se dio la vuelta y volvió sobres sus pasos para alcanzar de nuevo la tienda de Iñaki, contestó: “Los humanos se tienen que ayudar en cualquier caso. Subir a la cima no es ningún deber, no se lo debo a nadie, pero ayudar es una obligación y no depende de mi estado de salud. Lo tengo que hacer esté como esté”.

Los que conocieron a Alexei Bolotov dicen que era extraordinario: un hombre valiente, humilde y generoso, valores esenciales del ideario ruso. Inspirado en el mito popular del héroe ruso, León Tolstoi escribió la historia de Iván el Tonto, un joven que ayuda a sus vecinos en trabajos extenuantes sin reflexionar y sin esperar nada a cambio ya que desconoce la codicia, lo que lo convierte en alguien incorruptible.

Cuando pienso en Alexei Bolotov lo imagino como Iván el Tonto: un héroe sin ínfulas, decidido, valiente y generoso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Grande grande Alexei.
    Señor Mercuri, alguien tenía que escribir sobre este ejemplo, pues los ejemplos son para mostrarlos y aprender de ellos, gracias.
    He leído otro comentario antes en esta página que decía que estén donde estén «seguro que están haciendo una cordada de la hostia», y seguro que es cierto….
    Saludos a ti también Alexei, y gracias.

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