Javier Selva

UNA FOTO

Estoy escuchando a Puccini, la Boheme.
La luz de la mañana entra por la ventana con una violencia impropia de esta época del año.
Lo inunda todo, me invita a subir el volumen de la música.
Miro por la ventana, veo agua. Agua que brilla como un cristal.
El calor del sol a través de la ventana hace que me sienta un poco gato, me estiro para sentirlo más dentro.
Tengo la mente en blanco, este bombardeo sensorial me tiene desbordado.
Decido abandonarme al drama musical entre Rodolfo y Mimí.
Es lo último que debería hacer a unas horas de partir a otro viaje al frío norte que me llevará a Islandia y Groenlandia tras las luces boreales.

Pero ahora estoy aquí, tranquilo, feliz y absolutamente seguro que esta vida nuestra, incluso en estos tiempos de miseria y tristezas, merece la pena ser vivida y apurada hasta la última gota, como los personajes que con sus notas musicales inundan mi habitación.
Vuelvo a marcharme con mi cámara a mirar fríos paisajes familiares y desconocidos, pero estas notas y esta luz irán conmigo, y como escribió Machado camino del exilio en sus últimos versos encontrados en el bolsillo de su abrigo, ya muerto: «Estos días azules y este sol de la infancia»