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Un pingüino en el desierto (Marruecos)

Hace casi 25 años (como diría Gil de Biedma “ahora que de casi todo hace ya veinte años”) vine por primera vez a Marruecos. Ese viaje me impresionó profundamente. Era la primera vez que entrábamos en contacto con una cultura tan distinta y un país tan singular como este. Tan cerca y tan lejos de nosotros.

Recorrimos muchos kilómetros, visitamos las montañas del Atlas y ascendimos al Toubkal, su cima más alta. El cóctel que produjo en mí las dos juventudes, la del país y la mía, me dejó una profunda huella de la realidad Norteafricana. Ese mismo año viajamos en verano a Kenia y Tanzania y de esta manera, aunque un tanto superficial, conseguí una fotografía de África que me ha acompañado hasta hoy.

Unos años después regresé a Marruecos, a escalar a las Gargantas del Todra. Recuerdo la sensación que me produjo ver las obras de la autopista que unen Rabat y Casablanca. Pensé que, al Marruecos que yo conocí, no le quedaría mucho para desaparecer. Mira que somos estúpidos algunos occidentales que pensamos que un tipo de progreso solo está reservado para nuestros países y que el exotismo, como si fuera un gigantesco parque de atracciones, tiene que venir de la mano de la pobreza y el subdesarrollo.

Llevamos varios días en Rabat a la espera del visado para Mauritania. Entre las muchas cosas que han cambiado en Marruecos no se encuentra la percepción del tiempo y la prisa (“la prisa mata”). Nos da lugar para pasear y empaparnos un poco de este nuevo Marruecos que poco tiene que ver con el que yo conocí en 1988 y mucho con la España de los 70. Estamos bajando por la costa atlántica donde se encuentra lo más moderno y desarrollado de este país, sin duda el interior será diferente. Pero igual pasa en España.

Yo, siempre en guardia con los síntomas que revelen la enfermedad de la intolerancia, observo con detenimiento lo que veo a mi alrededor. Y lo que veo con una mirada superficial pero entrenada, es una sociedad ecléptica, llena de diferentes estilos de vestir, de estar en las terrazas, en los parques. Chicas con pañuelo en la cabeza y otras con escote, chicos con elegantes trajes (estamos en la capital del reino) y otros con chilaba, pero los más con camisetas de estampados conocidos y pantalones de marca.



Algunos sociólogos afirman que las sociedades que llegan a un nivel de desarrollo no pueden volver atrás y que su proceso natural las conduce hacia delante (“El fin de la historia” de Fukuyama). Pero yo no creo que esto sea así, a las pruebas me remito viendo lo que está pasando en nuestro país y en media Europa. Lo cierto es que el Marruecos de hoy, por el esfuerzo de todo un pueblo, se ha convertido en una sociedad moderna, dinámica y llena de jóvenes (más de la mitad de su población tiene menos de veinte años) que confían en el futuro y, por lo que parece, no se dejan seducir por integrismos ni otras radicalidades. Aunque esto sin duda puede cambiar.

Y este proceso, con seguridad, hará que se pierda una buena parte del tipismo de ese otro Marruecos que hacía de él un país único. Pero al igual que pasó en España cuando los turistas suecos pensaban que todos los españoles nos vestíamos de toreros, ellos sonríen cuando nos fotografiamos con los camellos pensando que hay uno en cada casa.