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Jokin Azketa

«El espejo de hielo» por Chus Lago

Chus Lago, escaló el Everest en el 99. Está en posesión del Leopardo de las Nieves desde el 2004, y suya es la primera travesía española en solitario de la Antártida. Es, entre otras muchas más cosas, alpinista y escritora. Ahora, acaba de ganar el premio Desnivel en su edición del año 2020 con EL ESPEJO DE HIELO

La buena literatura es belleza, resulta inspiradora, invita a descubrir, a buscar y sobre todo a vivir.
Un buen libro es un remedio que aleja del desesperante transcurrir de los días al que algunos llaman vida normal y, por si esto fuera poco, sirve de brújula y coraza para desenvolverse entre las sorpresas que iluminan el camino y que algunos -a qué mejor podríamos dedicar nuestro tiempo- pasamos la vida persiguiendo.

“Sólo he viajado por el mundo a través de la nieve” escribe Chus Lago. A través de la pureza de la nieve, añadiría yo, porque no son viajes, son sueños de un inuit que surca las grandes extensiones en las que el hielo cobra vida, persiguiendo las luces boreales colgadas del cielo, entre los remolinos de un mundo salvaje y quebradizo.

Ahora que en pocos días, nos han dejado para siempre Barry López y Scott (otro Scott entre la nieve) no está de más recordar que todo en este libro —entre la Antártida, el Everest, Groenlandia y el Leopardo de las Nieves— nos conduce a la preparación, a la voluntad y la determinación. Al precio que hay que pagar por ser fiel a los propios sueños.

Creo que a eso se refería hace poco Pati Smith cuando dijo: “Hay que dar muchos pasos para conseguir ser libre”

El comienzo de su travesía de la Antártida está resumido en unas pocas líneas que me han emocionado profundamente.

El momento irrepetible en el que se oye el clic del mosquetón en el propio arnés, la soledad frente a un paisaje intimidante, pero que al mismo tiempo resulta tan tentador, tan hermoso, como aquella mujer que, aal ofrecer una jugosa manzana, cambió, según cuentan, el rumbo de la Historia.

Este libro ha sido escrito por alguien que conserva en sus ojos la belleza peligrosa de la nieve, el perfil azulado de los grandes bloques de hielo deslizándose hacia el mar abierto, y en sus oídos, el silencio extraño del horizonte vacío del que ha desaparecido el eco. Tal vez por eso, en cada línea, late el significado auténtico de la manoseada palabra aventura y la certeza de que es mejor arriesgarse, mejor aventurarse a cruzar la tierra, aunque en sus límites desconocidos desaparezcan las certezas y habiten peligrosos dragones.

Es difícil contar algo más de lo que ella cuenta acerca de ese instante en el que uno afronta sus primeros pasos entre las grietas de un glaciar, en el que mira cómo repta por la nieve la cuerda que le une a un compañero, o coloca los esquís para que empiecen a deslizarse por una infinita pista de hielo reluciente e inabarcable.

Puede que sólo la estela dejada por quienes le precedieron en los inexistentes senderos congelados, sea capaz de añadir algo más a lo escrito, o desvelar algún otro secreto…

Donald Baxter MacMillan, partió en busca de la Tierra de Crocker que había avistado Peary, una porción de mundo con el brillo de un diamante, que él forjó en su imaginación con la apariencia de un territorio asombroso, pero que sólo era un fantástico espejismo blanco. Un sueño fácilmente visible cuando la mente entra en ebullición pero el agua se vuelve sólida para transformarse en hielo.

En la memoria de todos perduran las huellas de los pasos de Herbert llegando exhausto al Polo Norte, del rastro que en algún momento dejó en el cielo azul el Örnen, aquél magnífico globo aerostático, o del Erebus y el Terror, las naves hundidas de Franklin custodiadas por el hielo durante casi dos siglos. Muestras de valor y de tesón de los que siempre quisieron vencer una dificultad más y llegar un poco más allá… Hasta ese lugar inhóspito y lejano en el que alguien -un díapensó que terminaba el mundo

2 respuestas a ««El espejo de hielo» por Chus Lago»

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