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La cara oculta de la montaña

La montaña muerta

La Editorial DESNIVEL publicó hace unos meses Dead Mountain, los extraños sucesos del paso Diatlov. Se trata de un apasionante trabajo de investigación, que ve la luz por primera vez en castellano, en el que Donnie Eichar indaga y busca explicaciones racionales para la, en un principio, inexplicable muerte de nueve montañeros muy jóvenes en los montes Urales.

El lugar en el que sucedió la tragedia, es conocido como holatchahl por los mansi —los indígenas que habitan la zona— lo que demuestra que incluso para ellos, un pueblo de cazadores adaptado a las durísimas condiciones de la vida en el norte, el paraje es desolado y áspero pero sobre todo, vacío. Terriblemente vacío.

La intriga atrapa y se lee de un tirón, y nadie que esté interesado en las montañas —y en los misterios que a veces se unen a ellas, a su cara oculta— saldrá defraudado, porque los rumores, las habladurías y el hermetismo de la administración de Nikita Jrushchov, cayeron como un manto sobre los cadáveres de aquellos nueve chicos y chicas, construyendo un enigma poderoso que ha llegado hasta nuestros días tras atravesar sesenta años de historia.

Cuando los equipos de rescate llegaron al lugar de la tragedia, lo que encontraron fue una tienda de campaña vacía pero con la lona rasgada, detalle que parecía indicar la intervención de un agresor desde el exterior, y dentro de ella, las provisiones y las botas de todos inquietantemente bien ordenadas.

Durante los días posteriores fueron apareciendo los nueve cuerpos. Todos mal vestidos, descalzos, muy deteriorados y cubiertos por la nieve en extrañas posturas. Algunos, con los ojos y parte de la boca devorados por las alimañas y otro al que le faltaba la lengua.

Ciertamente todo contribuía a que el misterio creciera y las especulaciones, unidas a la desconfianza en la versión oficial, se dispararon.

Un capitán de de la Fuerza Aérea se negó a transportar los cadáveres en su helicóptero si no eran sellados en ataúdes de zinc, porque presentaban altos niveles de contaminación radiactiva y a esto se sumó el que otros montañeros que andaban por la zona —detalle que también resulta sorprendente porque no parece ser un sitio frecuentado— mencionaron haber visto “una luz extremadamente brillante, como la de un extraño cohete”.

Llegados a este punto sólo diré que vale la pena leer el trabajo de Eichar. El resultado de sus investigaciones, que no voy a desvelar, no es fruto del sensacionalismo sino de una exhaustiva labor de documentación, de búsquedas intensas y de entrevistas con científicos que parecen excluir las versiones que hablaban de hombres armados, de radioactividad o incluso otras, más exóticas, de intervenciones de extraterrestres.

A menudo la realidad es sorprendente —y terrible— y pone de manifiesto que su poder puede superar de lejos al de la imaginación. 

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