Lara Magdaleno Huertas

Perdonen que no me levante

Disculpen, pero son ya muchos años de observador, tal vez privilegiado, tal vez no, de las expediciones que aspiran a la cumbre del Everest. No soy un discípulo de Elisabeth Hawley actuando de auxiliar notarial. Soy una sombra de lo que fui: un alpinista con sueños de ochomil, que llegó aspirando a una cumbre muy cara, tanto económica como físicamente y que jugó a la ruleta rusa del ochomilismo pensando que “la bala” le tocaría a otro (todos somos “el otro” para los demás). A mí me tocó una bala extraña, de esas que te hieren y te aniquilan lentamente.

Oficialmente fallecí en 1992 tras una agonía monstruosa pero puedo afirmar que la angustia continúa al ver el circo en el que se está convirtiendo el ochomilismo en los últimos años.

Aquel día, en el Collado Sur del Everest, soplaba un viento desalentador. Parecía que cada ráfaga me robaba más energía que mis propios pasos y en algún momento sucumbí a la absurda idea de sentarme a descansar un poco. Fui un iluso, claro, la ruleta no se para en un ochomil cuando uno se sienta. Tal vez incluso mete más balas en la recámara, sobre todo si te encuentras en esa altura denominada “zona de la muerte”.

Al principio intenté levantarme y continuar hasta el grupo de tiendas que veía a escasa distancia de mi ubicación. Cuando fui consciente de que no era capaz de incorporarme pedí ayuda a los que pasaban a mi lado. Fue entonces cuando comencé a entender que empezaba a ser real la posibilidad de que nadie me ayudara. La horas pasaron y mi cuerpo se fue enfriando al mismo tiempo que elaboraba un duelo express ante mi primero posible y después segura muerte en aquel lugar.

Inicialmente lo negué, no era posible que un ser humano pasara a mi lado obviando mi sufrimiento. ¿No nos unía la misma devoción por la montaña? Después me enfurecí, lloré y padecí una angustia insoportable porque se me congelaban las lágrimas sin darme el mínimo consuelo de calentar mis mejillas en su descenso.

La noche fue terrible. En mis últimas horas intenté mover un brazo solicitando únicamente que alguien viniera a acompañarme en el oscuro momento de mi muerte inevitable. Tal vez alguien me vio horrorizado desde la comodidad de su tienda y pensó que no era sino una grotesca visión, un brazo muerto agitado por el viento como una tétrica marioneta.

He olvidado ese último latido, ese suspiro más largo que el resto, el aire pobre en oxígeno escapando de mis células (morir, al final no es más que un segundo). No he olvidado, sin embargo, mi última petición a los que ignoraron mis súplicas “por favor, sáquenme del camino, no me dejen morir aquí, pues si he sido ignorado en la agonía, qué respeto puedo esperar para mis restos”.

No fui atendido en mis súplicas ni en mis últimos momentos de dignidad y aquí continúo, esperando un alud compasivo que barra mi estancia silenciosa en el camino. He soportado no solo el vacío y la indiferencia hacia mi presencia sino fotos de mi cadáver circulando por Internet… ¿Con qué fin? Nadie tiene una respuesta justificada.

Ahora lo entienden ustedes, perdonen que no me levante.



7 comentarios en «Perdonen que no me levante»

  1. Una auténtica vergüenza lo que está ocurriendo en las grandes cumbres y en la montaña en general. Esa comercialización que lleva a faltar al respeto con consecuencias trágicas denigra el esfuerzo de los que realmente amamos este entorno.

    Responder
  2. Triste en morir, pero mas aún que tus despojos queden como recuerdo eterno de tu mayor y mortal fracaso. Precioso relato y precioso estilo.
    A la altura de un Extraño en los Alpes.
    ¡Queremos más!

    Responder
  3. Siempre he pensado que la gente deportista, e incluso más un alpinista llevan un plus altruista de serie, y no se quedan impasibles viendo a alguien tan solo. Pocas palabras en este texto son suficientes para obligarte a viajar hasta allí, junto al protagonista, palpando su fría angustia. Supongo que es parte del ser humano, como cuando pasamos de largo ante un coche tirado en el arcén.
    Con el punto irónico se suaviza algo la oscura verdad, tan difícil de asumir como certera.
    Lara Magdaleno lo borda una vez más.

    Responder
  4. Enhorabuena me ha encantado aunque me he quedado con ganas de más , escribes bien enganchas desde el primer párrafo Lara, sin duda una gran escritora que se nota que ama escribir , gracias

    Responder
  5. Me encanta la sorna con q aborda una realidad difícil de cambiar, ahí arriba cada uno va a lo suyo , y ya tiene bastante, pero no deja de ser algo opuesto a la empatía q existe entre humanos . Q fácil se lee y como se disfruta!

    Responder

Deja un comentario