Lara Magdaleno Huertas

Oro Negro

No lo encontró un cerdo sino un montañero multimillonario (una mileurista como yo no hubiera sabido distinguirlo) mientras paleaba nieve para fundir en su hornillo.

Entusiasmado, como poseído por una extraña fiebre, lo mostraba a todo ser viviente del campo base: una bola irregular y compacta de color marrón, surcada por múltiples grietecillas, densa y amorfa. Una trufa bajo la nieve. ¿Una nueva especie de hongo gastronómico?

El tipo pronto empezó a pensar en las ganancias económicas de aquel descubrimiento. Tal vez la trufa recibiría su propio nombre. Necesitaba documentar el hallazgo y quedarse con los derechos de cualquier otro encuentro, delimitar las zonas de búsqueda y pensar en el método más eficaz de recolección. Quizá en Piamonte los cerdos eran la mejor opción, pero allí, en las montañas más altas de la Tierra, puede que un sistema ARVA de detección de trufas fuera lo más adecuado.

Quiso probar su descubrimiento sin demora y ralló unos pequeños fragmentos de aquel hongo fabuloso en la sopa humeante de su infiernillo. Cruzaban la mente del hombre los pensamientos cual cuento de La lechera alpina mientras un inconfundible olor denso y penetrante se colaba por su congelada nariz.

Fue un sherpa el que hizo añicos su sueño.

—Ande usted con ojo, señor, puede que esté congelada pero una mierda puede resultar peligrosa y producir una intoxicación que en el campo base puede resultar fatal.