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Mientras tanto

Me gustan los gatos porque no se dejan domesticar, siempre esconden dentro su lado salvaje.

Me gusta lo salvaje por lo que guarda de auténtico, pertenencia a una raza en la que quizá lo que en otras se considera negativo en ella es una virtud o una expresión.

Ella nunca se ha dejado domesticar. Con su nombre de flor, hubo un tiempo en que se le escapó la primavera. Pero nunca se ha dejado domesticar.

 

Mientras… me duele cuando lo agarro y también cuando lo suelto como si el miembro fantasma tuviera aún el recuerdo de ese roce. Igual que si agarras en la mano muy fuerte una pelota y la dejas ir… sigues sintiéndola aunque no la sostengas.

Dejar ir. Para sentir. Para que no se escape lo esencial, lo que queda cuando no lo agarras.

 

Mientras en el mundo los tiros se tragan libertades y colores y humor. Ella sobrevive a pesar de todos los dioses. Siempre que no intentes vestir su piel desnuda, porque Ella los disfraces no los sabe usar.

Y pasábamos entre los toros bravos y Ella sin miedo pedaleaba con fuerza, me quedaba atrás con mis piernas cortas y frágiles, el corazón late como un caballo desbocado… a su lado todo es un caballo desbocado. Pero es imposible tener miedo porque Ella le habla cara a cara y en el lado salvaje lo salvaje se entiende. El problema es cuando intentas domesticarla…como una flor en invierno junto a una ventana que solo capta un débil rayo de sol.

Me duele hacerle fuerza y que arañe y me duele también cuando se resbala. Me duele cuando no me deja entrar y también cuando se deja ligeramente, entonces puedo hacer la fuerza que necesito para estar ahí. Agarrada a un monodedo en una pared gris y naranja de roca caliza y mientras tanto me da igual todo lo que se cae en el mundo… yo no caigo.
Y un diente se desprende como una metáfora de lo doloroso que se hace a veces que el tiempo sea imparable, que la vida sea imparable en su camino.

 

Me gustaría meterme en el cuerpo de fuego de Ella ¿cómo se sentiría en un mundo en blanco y negro siendo Ella de colores?

 

Y debajo de la manta hay un mundo.

De pies y pieles y respiración acompasada.

Y debajo de la manta sobra utopía y lo ordinario se viste de bruja. Esa bruja que en una cuerda me deslizaba por la ventana para dar de comer a los gatos salvajes porque Ella nunca se dejaba domesticar. Y en otro mundo habría tenido su reino pero en este ser de colores duele. Y solo nos queda correr por los tejados.

 

Silencio: ni un pájaro, ni el ladrido de un perro, ni una carretera lejana, ni un avión sobre-volando-nos… silencio total… justo en el ruido de la navidad.

Y como el ruido a veces nos silencia pues caminamos hasta esa pared y en el recorrido huele a romero florecido y caben todas las historias, esas que cuentan que estar con Ella es emocionante porque siempre pasan cosas; la gente más inesperada, las aventuras espontáneas, su energía atrae la catástrofe y la alegría.

 

Cuando estoy al pie y toco la roca el aire me dice que estamos en invierno y el sol que la primavera se lleva dentro. Decido guardar mis prejuicios donde no los vea, así que solo busco mi mejor camino, sin pensar. Intento volver al cuerpo, rescatar algo en ese ascender, en ese pasadizo de espejos con formas de regletas y chorreras y agujeros… rescatar mi espíritu gatuno, porque aquí (como Ella en cualquier parte) no soy un animal doméstico.

 

Y mis ovarios bailan al ritmo de la luna llena… mientras el mundo está a veces en sombra otras en sol… en ese claro de luna mi mundo (los tres camino de una casa con ruedas acompañados de recién nacidas y de nómadas) es hermoso, aunque sea un mundo sin respuestas.

Le agradezco al jabalí entre los arbustos que decida no cortarnos el paso. Y donde se esconde el manantial huele a lluvia y el olor se nos pega en la nariz.

Mientras tanto Ella no se rinde, con esas uñas de gata salvaje que se aferra a un mundo del que a veces es fácil caerse si no quieres que te domestiquen. Y yo me agarro a las rocas y así, como dice la canción, “No hay quien nos rinda”.