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Elogio a la vara de avellano

A modo de revisión montañera del enigma de la esfinge

Pastor s. XIX, Millet – Lorena Genzor, pastora, s. XXI

En el principio fue el palo.

Al menos desde la revolución neolítica, cuando los pastores que poblaron las montañas por necesidades de su oficio comprobaron que se subían mejor las cuestas con él.

Y así ha seguido siendo durante miles de años hasta que la revolución industrial empezó a complicar las cosas.

Subir montañas, y si es posible hasta su cima, se convirtió en una actividad intelectual. No para los montañeses que, con aspiraciones tan prosaicas como sobrevivir, seguían subiendo cuestas con su palo, sino para los montañeros que desde entonces adujeron razones científicas, estéticas o deportivas; o simplemente ninguna.

Russell y Sayó

Y aquellos ricos ociosos encargaron al herrero del pueblo que mejor le ponía una punta de hierro al susodicho palo; y así nació el bastón herrado o alpenstock. También los pioneros del esquí lo utilizaron como elemento estabilizador en sus deslizamientos. Y la cosa de ir por el monte se fue complicando, en lo instrumental, sin parar.

Al alpenstock le añadieron pronto una suerte de piqueta con azuela y nació el piolet. Muy largo al principio y así durante mucho tiempo, de modo que aún servía para andar apoyándose en él a modo de bastón, pero empezó a acortarse más y más y a hacerse más y más retorcido en aras de la especialización que imponían las crecientes dificultades de la montaña. Y el resultado fue que lo de simplemente caminar se quedó sin instrumento.

Paralelamente, el largo bastón de esquí también se redujo de tamaño y al final fueron dos. Algunos todavía los llamamos «palos de esquí». Su evolución también fue imparable: bambú, aluminio, carbono, plegables, telescópicos…

Y cuando ya teníamos las rodillas hechas polvo, no de escalar ni de esquiar, sino de caminar, entonces se produjo el gran hallazgo, la gran conjunción, ¡los bastones es esquí podían usarse para eso! Pero, ¿para caminar cómo? de paseo? de trekking? de marcha nórdica? Y la cosa ha terminado por ser un sindiós.

Mis rodillas ya no tienen arreglo y mi garaje está lleno de herramientas para ir al monte que uso cada vez menos. Así que, como han seguido haciendo los que de verdad saben de esto de andar por cuestas, he decidido volver a la vara de avellano. Puedo pasármela de una mano a otra, apoyarme con las dos, regularla en altura a placer con un simple deslizamiento, colgar de ella un hatillo al hombro, sondear la profundidad del arroyo, remover el musgo buscando setas, ahuyentar a los perros…

Me he hecho con un montón de ellas; una para cada ocasión.