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Into the canyon

Vivimos persiguiendo montañas. Montañas de todas las alturas, de todas las formas y colores. Algunas recorren kilómetros en crestas horizontales como los tejados de las casas, y son tan estrechas que uno no podría ponerse de pie sobre ellas. Otras sobresalen en la llanura, picos afilados que crecen hacia arriba como agujas. Algunas son oscuras, otras son azules cuando se ven desde la distancia y otras… otras son rojas.

Enormes rocas desnudas de piedra caliza que parecen amontonadas unas sobre otras, sobresaliendo sobre abismos oscuros y estrechos. Montañas sin árboles ni hojas, donde aparecen los colores más vivos del rojo y el amarillo a lo largo de sus lados, como si estuvieran recién pintadas.

Cada hombre, cada mujer, lleva en su corazón y en su mente la imagen del lugar ideal, el lugar correcto, conocido o desconocido, real o imaginario. Las tierras de los cañones. La roca resbaladiza. El polvo rojo, los acantilados y el cielo solitario. Todo lo que existe más allá del final de los caminos.

Montrebei. Ilustración: Fernando Borrás

El sendero, estrecho y rocoso, se retuerce a izquierda y derecha, entrando y saliendo de estrechos barrancos, subiendo hacia una cumbre que sólo vería a la luz del día siguiente. Las paredes del cañón se alzan sobre mí, inclinándose y luego retrocediendo, hacia dentro y luego hacia atrás, pero sin ruido. La luna se había perdido de vista. Las estrellas atrapadas en un cielo denso como una telaraña, vivas, temblorosas, luchando por escapar.

Corro. Bajo, cruzo y subo por el otro lado, en dirección al sol. Veo las murallas de roca pálida a ambos lados, como elefantes petrificados, dinosaurios, historias de la edad de piedra. Aquí puedo respirar. Puedo luchar por subir a las cimas y descender a los cañones por senderos que bailan con un vacío de cientos de metros. Estoy expuesto, desgarrado, y me siento vivo. El regocijo de la independencia, un renacimiento hacia atrás en el tiempo y hacia la libertad primitiva, hacia la libertad en el sentido más simple, el único sentido que realmente cuenta.

Espero. Ahora la noche vuelve a fluir, la poderosa quietud me abraza y me incluye. Puedo volver a ver las estrellas y el mundo de la luz de las estrellas. Estoy a treinta kilómetros del ser humano más cercano, pero en lugar de soledad, siento belleza.

Un pie delante del otro. Sólo dando el número necesario de pasos. Cada paso cuenta. Creando la zancada y en conjunto, creando el ritmo. Necesitamos escapar, tan seguro como necesitamos la esperanza. Necesitamos correr, tan seguro como necesitamos la libertad.

-Por Héctor Sanmiguel