en Cultura, Himalaya

Messner, el Everest y Disneylandia

Messner lamenta la situación actual de deterioro que vive la montaña mas alta del mundo en un artículo que publica la revista GEO. Debido a su interés y la reflexión que provoca Messer con su escrito, me ha parecido que podía resultar interesante compartirlo en el blog.

Arriba en la montaña del Everest, el cielo no es luminoso, sino negro. Sólo hay vacío. También en la cabeza. Es como si te hubieran rellenado el cerebro con algodón. Cuando Hillary alcanzó esta cumbre, el 29 de mayo de 1953, no había iluminación. Quizá, el sentimiento agradable de ser el primero. Después de tantas tragedias y muertos, la misión fue cumplida: Gran Bretaña hizo una conquista más, el mundo tenía un secreto menos. Si pienso en aquel momento o, aún más, en George Mallory, que debió de fracasar en 1924, cerca de la cumbre, me sobrecoge la felicidad. Como si los alpinistas pudieran mover algo en el ruedo de la soledad. En este escenario infinito. Como si las montañas, especialmente las no coronadas, fueran demasiado grandes para los humanos.

Cuando en 1978 yo mismo me arrastré por primera vez por el techo del mundo –con miedo y los pulmones al borde del colapso– no había lugar para la euforia. Arriba sólo sentía temor de no poder bajar. Mi compañero Peter Habeler no se quedó ni diez minutos. ¡De rodillas a la cumbre y enseguida abajo! Como si estuviera huyendo. Así de escasos son las fuerzas y el tiempo allí arriba. Este es el problema. Dos años más tarde, volví a tener un sueño: coronar el Everest en solitario. Sólo y en pleno monzón me enfrenté a la tarea que me impuse a mí mismo: llegar a la cumbre por la cara norte. De nuevo, sin máscara de oxígeno. Y contra todas las demás reglas del montañismo. Como si se tratara de buscar la posibilidad de perecer. Durante tres días, soporté sed, agotamiento e insomnio. No había espacio para la felicidad. Y arriba del todo no había redención. Sólo el sentimiento de estar perdido en el borde superior del mundo. Estaba como anestesiado, en trance. Me sentía pesado como una piedra. Después de una hora tuve fuerzas para levantarme y bajar.

El Everest, una montaña que ha perdido el título de imposible
Lo de un Everest “imposible” se acabó. Para siempre. Los clientes de los touroperadores buscan comodidad y prestigio, no incertidumbre. Al crecer el número de personas que llegan a la cumbre se reduce la tendencia de pensar en el final. Los turistas-consumidores buscan un beneficio superficial. Han convertido el ruedo de la soledad en un parque de atracciones, han banalizado el camino al nirvana con infraestructuras y han declarado clímax la hora en la cima.

La sociedad de la diversión sube al techo del mundo a centenares. Pero ahora lo único que se puede comprar es el “honor” de participar. No la experiencia de perderse. El último lugar de los sueños se ha convertido en punto de convergencia de las vanidades. En los viajes de grupo se pierde la posibilidad de experimentarse a uno mismo.

Quien contrata un viaje al Everest en la agencia lo hace porque le faltan conocimientos para coronarlo por su cuenta. Arriba, los clientes son felices. Creen estar más cerca del cielo. Mi propuesta: ¡que Disneylandia compre el Everest! La montaña formará parte del parque temático más alto del mundo. Arriba, los excursionistas pueden jugar a cruzar la última frontera con los sherpas. Si hay problemas, cámaras de vídeo colocadas en la cresta que lleva a la cumbre retransmitirán la lucha de los perdidos por sobrevivir. ¡Démos gracias a Hollywood! En un ataque de amor por la verdad, el mundo podría observar la suicida arrogancia de turistas con ínfulas elitistas, que confunden la cumbre del monte Everest con una playa de los mares del Sur«.

Reinhold Messner, alpinista del Tirol meridional, coronó en 1978 el Everest sin oxígeno adicional. En 1980 volvió para hacerlo, esta vez en solitario.

  1. ¡Vaya pedazo de idea!: Disney-Everest Mountain-Aventure-Extrem… Y como los españoles somos bastante oscuritos de piel, si el pueblo sherpa se niega a hacer de taquilleros, iríamos nosotros… Además, en el Campo Base se podría montar una especie de “Ciudad del Tahúr y de la Pilingui” como la que se quería instalar en el desierto de los Monegros hace un par de telediarios… ¡Con las grandes afluencias de “modernos aventureros urbanitas”, seguro que lograban atraerse una mayor clientela que entre las lagartijas o los escorpiones aragoneses…! Y mezclar el ambientillo de Las Vegas de Frank Sinatra con el del “Mal de Altura” de Jon Krakauer, dará jugosos dividendos, que es lo que hoy importa… Ah: una lástima, no tener capital para invertir en un proyecto así…

  2. Y una montaña rusa entre el Lhotse y la Cumbre del Everest ya está tardando ¿no?…El mundo está loco, loco , loco, como la gran película protagonizada por Spencer Tracy (protagonista de «The Mountain» por cierto).

    Alberto, ¿que sabe usted del proyecto de los Cazafantasmas? vi su nombre en La Vanguardia…

  3. Hey, Víctor…
    Vaya, vaya: se te escapan pocas, ¿eh?
    En primer lugar, recomendar desde aquí a tus lectores que si desean saber a qué asunto aludías, que pinchen en el siguiente enlace de La Vanguardia para poder leer la versión digital del artículo de Rosa Maria Bosch Capdevila:

    212 picos de más de 3.000 metros en los Pirineos

    En cuanto a los Cazafantasmas, nada como acudir a su página, donde hay trabajos de gran calidad en el tema de los tresmiles pirenaicos:

    http://cazafantasmas3000es.blogspot.com.es/

    Por cierto: eso de conectar el Lhotse con el Everest al estilo de Port Aventura, podría ser la atracción definitiva del Parque Temático Himaláyico… Hay que patentar la idea…
    Y, ahora más en serio: ¡mira que escribe bien el tío Reinhold…!
    Un saludote cordial, otro más…

  4. Hola Víctor,

    Me gustaría me facilitaras tu correo para hacerte un par de preguntas, si es posible.

    saludos

Los comentarios están cerrados.