Categorías
General

Escalando la Jungfrau en 1948

Martes, 7 de septiembre de 1948

El Föhn, el viento cálido del sur que suele traer consigo tormentas en verano, había dejado de soplar a finales de agosto, refrescando el ambiente. El verano se había mostrado especialmente benévolo con las grandes cumbres del Oberland bernés, en el cantón de Berna. A mediados de septiembre, a las puertas del otoño, el clima en el centro de Suiza era realmente agradable, el sol no apretaba con tanta fuerza y los días eran un poco mas cortos.

Leonard Fox disfrutaba escalando, risueño como un colegial. Él y sus dos compañeros de cordada progresaban a buen ritmo, acercándose con estilo a la cumbre de la Jungfrau, la Vírgen. Rodeados de nieve dura, con el cielo encapotado y con la temperatura iniciando un notable descenso, seguían ganando altitud. Al llegar a la estación del Jungfraujoch, el personal de la Jungfraubahn les había advertido de la posible aparición de nubes hacia el atardecer, pero los compañeros de Leonard, un capitán norteamericano convertido en granjero y un capitán británico, mecánico de profesión, tenían muy claro que no podían perder ni un día mas en la región pues solo disponían de dos jornadas para hollar la cumbre. Desde el espolón rocoso donde se encontraban, distinguían claramente un punto marrón junto al Jungfraujoch, era su tienda, que de momento seguía instalada muy cerca de la salida del mirador, por debajo de la Esfinge. De madrugada, habían iniciado la ascensión bien equipados y con mucha moral, disfrutando de cada paso.

La Segunda Guerra Mundial seguía muy presente en sus recuerdos, fue una experiencia realmente dura, muy cruel, incluso para hombres curtidos como ellos. Kenneth Thompson todavía recordaba la dramática Operación Charnwood, que significó la liberación de Caen el 9 de julio de 1944, tras durísimos combates y bombardeos que destrozaron la ciudad. Thompson formó parte del 1er Cuerpo Británico, encargado de bloquear y anular a la 12ª División Panzer SS Hitlerjugend y la 16ª División de Campo Luftwaffe. Su buen amigo y compañero de cordada, Harry Baldwin, había sobrevivido al infierno de Omaha Beach, soportando durante horas el intenso fuego de las ametralladoras alemanas MG 42 desde los acantilados. Por aquel entonces, Leonard Fox cubría como corresponsal de guerra la liberación del norte de Francia, acompañado a la 185ª Brigada británica hacia el interior desde Sword. Fue testigo de la operación Charmwood, documentando para la prensa británica el desembarco aliado, el famoso Día D, jugándose el cuello en mas de una ocasión y fue bastante crítico con las tácticas de combate del Mariscal Montgomery, que ocasionaron numerosas bajas en el bando aliado.

Los tres coincidieron en Caen, en la Baja Normandía, a finales de julio de 1944 y formaron parte de la ofensiva aliada que ayudó a liberar Paris el 26 de agosto del mismo año. No tenían nada en común a nivel profesional, pero compartían una misma pasión por el alpinismo y la escalada que les mantenía unidos, reforzando su amistad con el paso del tiempo. Durante la guerra habían mantenido interminables conversaciones sobre alpinismo, recordando viajes y anécdotas del pasado. Al finalizar la contienda, Thompson, galés de nacimiento, volvió a trabajar en su taller de Londres junto a su esposa y su suegro y Harry Baldwin, norteamericano de Chicago, se había quedado a vivir en Arromanches, en Normandía, al casarse con una simpática enfermera.

Leonard Fox era el único soltero del grupo. Había nacido en Edimburgo dos años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial y actualmente vivía a caballo entre Escocia, los Pirineos y los Alpes suizos. Cada año visitaba a sus amigos en Londres y en Arromanches, compartiendo durante unos días las historias que les había dejado una guerra terriblemente cruel. La profesión de periodista corresponsal, le permitía disfrutar de varios periodos de relativa inactividad cada año. Entonces Leonard dejaba su máquina de escribir, su pluma y sus carpetas llenas de papeles y se dedicada a escalar cumbres, a caminar por bosques frondosos y a cruzar glaciares, disfrutando de la vida en total libertad, sin ataduras ni responsabilidades. Su metro ochenta y dos, su tez tostada por el sol, sus ojos verdes y su cabello rubio le ayudaban a no sentirse solo, pero a diferencia de sus dos compañeros de cordada, él no tenía un hogar al que regresar. No había ninguna señora Fox esperándole, ni mucho menos acompañándole en sus aventuras y Leonard comenzaba a preocuparse por el futuro de su apellido. De algún modo envidiaba a los protagonistas de las grandes películas de montaña alemanas de antes de la guerra, fieles a su pasión dentro y fuera de sus hogares. Había hablado del tema con Thompson y Baldwin, pero nunca se había decidido a dar un paso hacia delante, y pretendientes no le faltaban.

La montaña era su válvula de escape, era su segundo hogar. Tras la guerra, los tres habían decidido que volverían a reunirse por lo menos una vez al año para escalar juntos, y fieles a su promesa, a mediados de septiembre viajaron hasta el corazón de los Alpes suizos para escalar la Jungfrau desde el Jungfraujoch. Aquella mañana se habían cruzado con algún que otro turista aventurero, pero nadie tenía la intención de ascender a la Jungfrau. Estaban solos. Partieron desde el Jungfraujoch, pasando por debajo del Sphinxstollen y rápidamente alcanzaron la parte superior del Jungfraufirn, uno de los plateaus mas grandes de los Alpes, cuna del Aletsgletscher. La Jungfrau (la Vírgen), es la tercera cumbre mas alta de los Alpes berneses y su vía normal estaba considerada como relativamente asequible por la arista SE, con algún que otro punto un tanto complicado, que les obligó a tomar precauciones. Todo dependía del estado del hielo y la nieve. De momento la mañana se presentaba soleada, pero tal y como les habían advertido, a lo lejos, hacia el oeste, empezaban a observarse nubes amenazantes que podrían cubrir el cielo en pocas horas.
Los tres se habían detenido junto a unas rocas, justo en la base del imponente espolón Kranzbergegg, donde desayunaron. Por unanimidad, habían decidido proseguir la marcha sin demora. A sus pies, el inmenso Jungfraufirn y el Aletschgletscher mostraban sus grietas, minúsculas desde donde se encontraban, pero enormes cuando las cruzas. Superaron el Kranzbergegg, un primer hombro rocoso de piedra algo suelta, que se presentó algo mas duro y complicado de lo que pensaban. Seguidamente treparon por terreno mixto hasta alcanzar el segundo hombro rocoso situado justo debajo del Rottalsattel, un pequeño collado. Leonard aseguró a sus compañeros, probando la resistencia de las nuevas cuerdas compradas en Interlaken. La progresión no era complicada, pero la Jungfrau presenta varios pasos delicados donde la roca es exigente y donde el hielo suele estar muy vivo en verano, obligando a los alpinistas a extremar las precauciones. Leonard, Thompson y Baldwin disfrutaban de la ascensión, la satisfacción se reflejaba en sus rostros. De momento, los crampones se clavaban sin problemas y sus nuevas gafas de sol alemanas eran una maravilla. Estaban probando material nuevo, incluso tenían una buena cámara fotográfica, una Leica Ragenfinder 2 que Leonard le había prestado a Thompson. Era una cámara todo terreno muy práctica y compacta comprada en 1939 y con ella, el joven inglés inmortalizaba los pasos mas delicados, contando con la ayuda de Harry y Leonard, quienes se convertían en improvisados modelos. Seguían avanzando a buen ritmo. Poco a poco las nubes cubrieron parcialmente el macizo de la Jungfrau, el Mönch y el Eiger. Las grandes cumbres del Valais, bien visibles hacia el sur empezaron a desaparecer de su campo visual y Thompson no pudo reprimir el impulso de fotografiar el Eigergletscher, el glaciar mas largo de Europa. Su inmensa lengua de hielo de unos 25 kilómetros merecía ser fotografiada desde la posición donde se encontraban, era un glaciar enorme, un mar de hielo que se extendía hacía el interior del Valais, llegando hasta Blatten. El glaciar resultaba hipnótico y Thompson disfrutó de su magnífica visión. Cruzaron en diagonal, hacia la derecha, el flanco NE del Rottalhorn. Con precaución franquearon la rimaya y superaron los ú́ltimos metros hasta llegar al Rottalsattel, el collado que separa el Rottalhorn de la Jungfrau situado a 3.885 metros.

Hasta el Rottalsattel habían ascendido encordados en ensamble, pero Leonard había dispuesto que por seguridad, en las últimas rampas avanzaría solo, pues una avance en ensamble de tres en la arista de la Jungfrau podía ser muy peligroso a finales del verano, con el hielo vivo cubierto solo por unos centímetros de nieve caída por al noche. El cielo se había cubierto. La visibilidad se había reducido considerablemente y estaba empezando a nevar débilmente. Superaron sin problemas los últimos repechos aéreos antes de llegar a la parte final de la vía, donde encontraron una enorme pala de nieve que con el paso de la mañana estaba empezando a ablandarse. Superaron cómodamente la pala y hollaron la cumbre de la Jungfrau antes del mediodía. El viento, que empezaba a soplar con una intensidad considerable, les obligó permanecer en ella solo unos minutos.

– ¿Lo echabas de menos verdad?, me refiero a este momento, esta sensación tan especial – preguntó Harry Baldwin a Leonard.
– No te lo puedes imaginar. La Vírgen, el Monje y el Ogro, ¡por fin ya los tenemos!. Nos faltaba la mas alta y doy gracias al cielo por estar vivo y poder compartir la cumbre con vosotros – respondió Leonard emocionado

El año anterior habían escalado el Mönch, conocido en la región como El Monje que separaba al Eiger, el malvado Ogro, de la Vírgen, la Jungfrau. La norte del Eiger era un desafío que por el momento se presentaba como algo imposible, por tal motivo habían decidido subir por la arista Mittelleggi, desde la estación de ferrocarril de Eissmer. Toda una aventura que recordaban con cariño desde la cumbre de la Jungfrau, a mas de cuatro mil cien metros de altitud.

– Es algo indescriptible, lástima que tengamos que regresar sin apenas disfrutar del momento. La visibilidad es bastante mala, ¿estáis completamente seguros que podremos bajar sin problemas? – comentó con precaución Harry Baldwin.
– Creo que los tres superamos situaciones bastante mas complejas hace unos cuantos años, con los alemanes arrojándonos mas fuego que todo el que podamos encontrar en el infierno. – afirmó Thompson con su característico aire teatral.

Revisaron su equipo y disfrutaron rápidamente de la impresionante panorámica que la cumbre de la Jungfrau regala a quien la conquista. Las nubes seguían avanzando, pero todavía permitían reconocer el Mönch y el Eiger hacia el NE, el Rottalhorn justo enfrente, hacia el S y el Fiescherhörner, el Finsteraarhorn y el Gross Grünhorn hacia el E. El descenso no presentó complicaciones. La ventisca decidió ofrecerles una tregua y aunque la visibilidad seguía siendo mala, pudieron seguir sus huellas sin dificultad, avanzando con mucha precaución. Al llegar al Jungfraufirn recogieron la tienda y se desprendieron de las chaquetas, los guantes y los gorros. Una vez en el interior del Jungfraujoch entraron en calor y disfrutaron de una buena comida caliente en el restaurante. La sopa de verduras, el pastel de chocolate y el té les sentaron de maravilla. Tomaron el penúltimo tren cremallera hacia Eigergletscher y Kleine Scheidegg, que partió puntual, como siempre.

El monótono traqueteo de los vagones de madera les recordaba los larguísimos viajes en tren por Europa durante la guerra, cruzando zonas devastadas por las bombas, donde la muerte se olía a kilómetros. El descenso en el cremallera hubiera transcurrido en silencio a no ser por el revisor del cremallera, que se sentó junto a ellos con ganas de conversación. Eran los únicos pasajeros del vagón y el viejo Kurt disfrutaba narrando sus historias a los alpinistas. El veterano revisor había sido guía durante su juventud, una profesión muy respetada por Leonard y sus compañeros. Kurt les explicó como los pioneros del alpinismo empezaron a descubrir las cumbres del Berner Oberland a principios del siglo XIX, convirtiendo a Interlaken y la región de la Jungfrau en uno de los grandes centros neurálgicos del turismo de montaña de los Alpes, junto con Zermatt y Chamonix. Tras la conquista de la norte del Eiger en 1938, por parte de la cordada integrada por los alemanes Heckmair y Vörg y los austriacos Kasparek y Harrer, toda la región de Interlaken experimentó un importante auge económico y turístico.
Al finalizar la guerra, las cumbres de la Jungfrau, el Mönch y el Eiger, junto con el Matterhorn en el Valais, se convirtieron en una especie de faro, que guió los pasos de miles de alpinistas procedentes de los cinco continentes. Las historias del viejo Kurt, siempre eran bien recibidas, aunque en ocasiones, el cansancio acumulado tras una buena jornada de escalada y el traqueteo del tren a través de las entrañas del Eiger, impedían la concentración. Leonard escuchaba atentamente, junto a Thompson, pero Harry Baldwin tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no dormirse, dando cabezadas cada medio minuto.

– Hace diez años, ni un solo guía en Grindelwald se había llegado a plantear escalar la pared norte del Ogro. El Eiger es una montaña fea, no tiene la belleza de la Jungfrau o el Mönch, solo es un amasijo de roca y nieve. ¡Bah!, nunca entenderé porque unos muchachos tan jóvenes dejaron atrás todos sus sueños para perder la vida en esta pared. – Kurt nunca llegó a comprender la obsesión de alemanes y austriacos por conquistar la cara norte del Eiger. Lo veía como algo obsceno, absurdo, incluso fanático, totalmente alejado de la esencia original del alpinismo.

– Puede que uno de los sueños románticos de aquellos muchachos fuera conquistar la norte del Eiger, ¿no cree?- preguntó con amabilidad Thompson.
– ¡Paparruchas! – contestó Kurt indignado. – Ni siquiera el Club Alpino Suizo se tomó en serio la gesta de Harrer ni los anteriores intentos de sus compatriotas. Le dieron muy poca publicidad. No era una ascensión normal, era el fruto de una obsesión alemana, del Ministerio de Propaganda de Goebels. Convirtieron la montaña en una herramienta del partido, llenaron Kleine Scheidegg de periodistas y de gente que en su vida había pisado una cumbre.

Leonard disfrutaba escuchando las historias de los guías veteranos y del personal de los ferrocarriles suizos. Realmente aquel era un país mágico, lleno de recuerdos, donde se sentía como en casa.

El tren realizó las paradas de rigor en las estaciones panorámicas de Eissmer y Eigerwand, pero solo para esperar al tren de subida. Una vez dejaron atrás el túnel de 9km, el sol bañó todo el vagón en la estación de Eirgergletscher, con su terraza y su acogedor restaurante abarrotado de turistas. Al cabo de unos minutos llegaron a Kleine Scheidegg, donde se despidieron. Leonard tenía ganas de tumbarse en su cama del Hotel Belvedere y disfrutar de un merecido descanso.
– ¿Qué vais a hacer el resto del verano muchachos? – preguntó jovialmente Thompson. – Yo pienso dedicarme a mi granja y a darle un hijo a Ivette. Tenemos muchas ganas de formar una familia en Arromanches y tenemos ahorrado algo de dinero.
– Yo tengo trabajo en Londres. Mi padre y mi hermana quieren abrir un pequeño taller mecánico y me han pedido ayuda, creo que me uniré a ellos como socio.- comentó el joven Balwind.
– Por mi parte – dijo Leonard,- tengo previsto reunirme con mi padre en Brig dentro de unos días, y con un poco de suerte, puede que le anime a subir alguna cumbre.
– ¿Tenéis pensado escalar el Matterhorn? – preguntó Thompson.
– Es un sueño que persigo desde hace años, no se que pensará mi padre. Creo que ahora está en Innsbruck, algo me contó la última vez que hablamos. Antes de la guerra me llevó un par de veces al Tirol. – contestó Leonard.
– Me gustaría descubrir las grandes cumbres del Tirol. Varios guías me han descrito cumbres fabulosas, como el Grossglockner, con aristas de vértigo. – comentó Thompson muy ilusionado.
– Yo me apunto, siempre que tenga tiempo. – dijo Balwind igual de ilusionado.
– De momento, vivamos el presente y disfrutemos de la vida, que ya de por si es una gran aventura. – contestó Leonard.
Acto seguido ayudó a sus amigos a cargar su equipaje y sus mochilas al interior del tren. Kenneth Thompson y Harry Baldwin subieron al cremallera de la Wengernalp Bahn. Leonard se quedaría unos días en Suiza, haciendo tiempo hasta reunirse con su padre en Brig.

– ¡Eh! escocés, – gritó Thompson desde la ventanilla. -Puedes contar con nosotros si alguna vez necesitas ayuda. Ya sabes que a la vida hay que echarle salsa de vez en cuando. Cuenta con nosotros, no lo dudes.
– ¡Ya sabes que nosotros podemos llegar donde otros no llegan! – añadió Baldwin, orgulloso de la valentía de sus amigos.
– No lo olvidaré. ¡Muchas gracias caballeros! – contestó Leonard desde el andén. Pensó en la amistad que les unía, como se habían conocido tras el Día D en Normandía y como la vida les había llevado hasta la Jungfrau. El tiempo no perdonaba, todo pasaba muy deprisa.

No hacía mucho frío, pero la temperatura estaba bajando y a mas de dos mil metros, el otoño se convierte en invierno con suma facilidad. Las nubes cubrían parte de la Jungfrau y el Mönch y junto a los dos cuatromiles, el gigante rocoso del Eiger asomaba altivo, mostrando su pared todavía libre de niebla. Su cara norte realmente era impresionante. Tan cercana, tan amenazante. Terrible. Leonard apreciaba a Thompson y a Baldwin. Bien pensado, eran sus únicos amigos y él era muy consciente de ello. La guerra había terminado y tenía la esperanza que el mundo no volviera a cometer el mismo error dos veces, pero si tenía que volver a luchar por una causa, sabía que podía contar con sus dos amigos un inglés bajito y un norteamericano enorme, con aires de jugador de baseball. Desde el andén en Kleine Scheidegg observó como el trenecillo iniciaba el descenso hacia Wengen y el valle de Lauterbrunnen. Lentamente, fue desapareciendo de su campo visual. Thompson y Baldwin cambiaron de tren y siguieron bajando hasta Interlaken, donde tenían el hotel, iniciando a posteriori el regreso a Francia y el Reino Unido.

2 respuestas a «Escalando la Jungfrau en 1948»

Magnífico trabajo, Víctor… Como soy un poco «sosainas» y, mucho me temo, siempre te escribo lo mismo, he estado a punto de ponértelo en mayúsculas… Casi «in extremis», me acaban de soplar en la oreja que eso es de mala cyber-educación… Un saludote cordial, pues, en minúsculas…

Los comentarios están cerrados.