Categorías
General

La montaña puede curar: De Kabul a la Dent Blanche

SENDEROS DE GLORIA
DE KABUL A LA DENT BLANCHE

El síndrome de estrés postraumático es un trastorno psiquiátrico que aparece en personas que han vivido un episodio dramático en su vida (guerra, secuestro, muerte violenta de un familiar…). En las personas que lo sufren son frecuentes las pesadillas que rememoran la experiencia trágica vivida en el pasado. Dentro del síndrome por estrés postraumático, los expertos distinguen entre el tipo agudo, que se manifiesta durante el primer mes hasta los tres meses después del trauma, y el tipo latente que puede aparecer por lo menos a los seis meses desde el hecho desencadenante. En algunos casos, la aparición de los síntomas puede producirse décadas más tarde. Estos son los más característicos:

– Rememoración del trauma (flashbacks), pesadillas o recuerdos instantáneos e involuntarios en cualquier momento del día.
– Alucinaciones con la idea de que se repite el hecho traumático.
– Ansiedad extrema al entrar en contacto con las personas, lugares o cualquier circunstancia que recuerde el trauma.
– Palpitaciones, dificultad para respirar, sudor cada vez que se recuerda el hecho desencadenante.
– Malestar al entablar conversaciones o al pensar en lugares que puedan relacionarse con el trauma.
– Incapacidad para recordar detalles importantes del hecho.
– Sentirse psíquicamente distante, entumecido y paralizado ante cualquier experiencia emocional normal.
– Creer que la vida va a ser más corta de lo que lógicamente se espera.
– Perder el interés por las aficiones y diversiones.
– Mostrar signos de hiperactividad: dificultad para dormir, irritabilidad, incapacidad para concentrarse o alarmarse con mucha facilidad.

Los síntomas duran un mes como mínimo y afectan a la capacidad del paciente para retomar su vida normal tanto en casa, como en el trabajo o en las situaciones sociales. No importa el tiempo que haya pasado desde que se produjo el trauma. El síndrome puede aparecer años después.

Afganistán, mayo de 2013

El Humvee o HMMWV (High Mobility Multipurpose Wheeled Vehicle) es un vehículo militar multipropósito que posee tracción 4×4 y que gracias a su robustez y maniobrabilidad se ha convertido en uno de los vehículos ligeros más utilizados en las fuerzas armadas de muchos países. Los Humvee fueron denominados originalmente como Hummer, pero el nombre fue reservado para un vehículo civil utilitario SUV basado en el Humvee, que sigue siendo muy práctico 30 años después, pero no indestructible.

Javier Besora, corresponsal de guerra freelance, aporreaba las teclas de su portátil en el hall de un hotel barato en Kabul. El artículo reflejaba lo que Javier acababa de presenciar en las calles de la capital de Afganistán.

«… Por lo menos 15 personas han muerto y otras 35 han resultado heridas esta mañana en un brutal atentado en Kabul contra tropas de la ISAF (la Fuerza de Asistencia y Seguridad Internacional de la OTAN). El atacante ha matado a dos soldados y a cuatro contratistas civiles. Según informan dos altos cargos, uno afgano y otro de la ISAF, se podría confirmar que los dos soldados y los cuatro contratistas muertos eran estadounidenses. Fuentes de la seguridad de Afganistán han asegurado además que hay nueve civiles afganos muertos, entre ellos dos niños. El ataque es uno de los más mortíferos contra las tropas extranjeras en la capital afgana. Un terrorista suicida ha hecho detonar su vehículo al paso de dos todoterrenos blindados en los que los militares viajaban. La explosión fue de tal magnitud que se oyó en la otra punta de la ciudad, y un edificio de dos plantas resultó seriamente dañado. El grupo Hezb-e-Islami, liderado por el terrorista Gulbuddin Hekmatyar, ha reivindicado el ataque. Fuentes de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) han confirmado a través de un comunicado que dos militares extranjeros y cuatro civiles extranjeros contratados por las tropas internacionales han perdido la vida en el ataque.
Viendo el lugar del ataque, uno se podía hacer una idea de la magnitud de la tragedia, a pesar de que la policía afgana no permitió a los periodistas llegar al sitio de los hechos hasta que todos los cadáveres fueron retirados, y los heridos, trasladados a centros hospitalarios. «Nunca había visto algo así», comentaba un joven, Mohammad Tahir, que estaba en una calle cercana al lugar del ataque y aún se encontraba en estado de shock tras ver a los heridos escapar despavoridos del lugar del atentado. A un comerciante le faltaba media cara, y dos niños estaban en el suelo en muy malas condiciones, fue lo único que acertó a explicar. Mohammad Komran, uno de los testigos presenciales, relató que él vio dos vehículos con tropas estadounidenses circulando por la calle, uno detrás del otro, y un turismo Toyota Corolla que los seguía y avanzaba a gran velocidad. Después se oyó una gran explosión. Entonces vi a tres militares con chaleco antibalas y casco saliendo malheridos de uno de los todoterrenos, y subiendo al otro, que no resultó tan afectado por la explosión, y se alejó de la zona a gran velocidad, explicó… ».

Javier estaba harto de tanta mierda, demasiadas muertes inútiles, demasiada manipulación informativa. Soñaba con volver a escalar y largarse de Kabul. Javier siempre había defendido el trabajo de campo, no era un corresponsal de hotel, él quería estar junto a las tropas, mezclarse con la gente, mostrando al mundo lo que realmente ocurre en un conflicto. Las guerras son crueles, viscerales. No tienen nada que ver con el cine, no son ni románticas ni elegantes, y son muy pocos los documentales que logran transmitir con realismo la verdadera crueldad del combate. Quienes no han estado en un conflicto armado, sea como civiles, soldados o como corresponsales de guerra, nunca podrán llegar a tener ni un mínimo ápice de lo que se siente cuando tu vida depende de la puntería de un francotirador o de no pisar una mina antipersona.

Hospital General de la Defensa, Zaragoza, España.
Junio de 2013

—Carlos, si te pregunto por la palabra miedo, ¿cuál es la primera definición, o qué es lo primero que se te pasa por la cabeza? —preguntó la doctora Cusack.
—El miedo es físico y también es psicológico, la sensación de impotencia y fragilidad te rodea y penetra dentro de ti, nunca te deja respirar, el pulso se acelera, la ansiedad te corroe por dentro… es algo muy difícil de expresar con palabras. Tienes que vivirlo, sentirlo, notarlo —contestó Carlos.
—¿Algún recuerdo en especial? —preguntó la doctora.
—No. Solo quiero escalar. Volver a la montaña. Saldré por la puerta y, a menos que me lo impidan, no me verán nunca más —contestó Carlos.
—¿Por qué tenemos que impedirlo? —preguntó la doctora con voz átona.
—No me tome el pelo doctora, que hace años que no mojo la cama.
—¿Cómo te sientes por las noches?, ¿te duele la cabeza cuando enciendes la luz?
—Me encuentro de puta madre, solo tengo ganas de ir a escalar, lejos, muy lejos.
—¿Cómo te sientes en zonas con aglomeración de gente?
—Siempre he escalado solo, como máximo con un amigo, aunque la mayoría de mis amigos ya no me habla —Carlos seguía esquivando preguntas.

Se abrió la puerta de la pequeña consulta y entró un coronel del Ejército de Tierra. Carlos se levantó de la camilla, se puso su chaqueta y preguntó:
—¿Hemos terminado?, ¿puedo desaparecer?
—Desaparecer es una palabra que tiene muchas lecturas —respondió el coronel.
—Les dije que estaba fuera, que no contaran conmigo para nada más —Carlos miró a la doctora Cusack.

La doctora miró su reloj, marcaba las diez y cuarto de la mañana.
—Espera fuera, Carlos, ahora salgo —le dijo.

Carlos salió, miró la fila de bancos que tenía delante, observó cómo el sol bañaba el pasillo a través de las ventanas. Enfiló la puerta de entrada del hospital, salió a la calle, caminó a buen ritmo hasta la estación de Casablanca y subió al primer tranvía con dirección a la basílica del Pilar. Bajó en la estación de Plaza del Pilar-Murallas, entró en un pequeño bar situado a pocos metros de la estación, dio una propina a un camarero y recogió una mochila enorme. Un taxi le llevó a la estación de Zaragoza Delicias, donde tomó el primer AVE con dirección a Barcelona. En la estación de Sants comió algo y descansó unas horas tumbado en un banco. Compró un billete para el TGV de las 16:20 con conexión en Figueres-Vilafant y unas dos horas más tarde cruzaba la frontera francesa a bordo de un tren de alta velocidad con destino a Lyon.

—¿Qué opina doctora, es lo de siempre? —el coronel Álvarez no movió ni una ceja al formular la pregunta.
—Tiene las ideas muy claras, creo que esta vez le perderemos de vista —contestó la doctora—. Está fuera, lo ha dejado para siempre. No creo que vuelva por Zaragoza, ni mucho menos por El Ferrol.
—¿El último tratamiento no sirvió de nada? —preguntó el coronel.
—Este soldado ha dejado de ser un soldado. Estamos trabajando con tratamientos a largo plazo, lo que explica el alto grado de abandono de la terapia.
Se estima que el 75% de los pacientes tratados lo abandona, y de momento no tenemos presupuesto para perseguir a todos los que… desaparecen. El tratamiento se basa en una combinación de fármacos y psicoterapia, algo que no siempre funciona como ustedes quisieran.
—Ahórrese los tecnicismos doctora. ¿Es recuperable o tendremos que controlarle? —preguntó el coronel sin parpadear.
—Carlos es incontrolable. Ha contestado con sinceridad a todas las preguntas. Es mucho más inteligente que el resto y tiene mucha iniciativa. Entró en el ejército por convicción, con valores y, como muchos, con la idea de aportar algo y poder ayudar. Pero se les ha ido de las manos. Hay guerras que no son guerras… y…
El coronel cortó en seco a la doctora:
—Su opinión sobre las guerras no me interesa.

La doctora continuó:
—Los fármacos empleados se dirigen a los diversos síntomas del síndrome, teniendo en cuenta los más acusados. He seguido la pauta que usted marcó, con antidepresivos y ansiolíticos.
—¿Sigue estando deprimido, sin salir de casa y durmiendo mal? —preguntó Álvarez.
—Me ha dicho que cuando escala o camina por la montaña puede dormir mejor, sin pesadillas, alucinaciones y sin sudores nocturnos –dijo Cusack.
—La montaña y su puto romanticismo —dijo el coronel en voz baja.

La doctora sabía que el Síndrome o Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) puede aparecer a cualquier edad, aunque suele ser más frecuente entre las personas jóvenes, quizá porque tienen más posibilidades de exponerse a los traumas desencadenantes. También es más común en aquellos individuos socialmente aislados. No hay cura para el TEPT, solo tratamiento. Esta es la respuesta que suelen dar los médicos norteamericanos cuando se les pregunta por las secuelas que causan la presión de las guerras y las visiones traumáticas dentro de un conflicto. Se necesita muchísima motivación y fuerza de voluntad para poder superar el TEPT. El riesgo de recaída es muy elevado en los soldados, en especial para los que han participado en operaciones especiales. Muchos soldados atribuyen al TEPT un arranque de ira en su lugar de trabajo o peleas en el hogar una vez que regresan de una operación especial o de una misión… humanitaria.
—No me gusta que un pájaro vuele libre, cargado de información y datos, y no me gusta su actitud. No me gustan los que «lo dejan»… ¿Qué le parece esto? —el coronel sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña hoja de papel plegada por la mitad. La doctora leyó una carta manuscrita por Carlos.
—Es una carta muy breve, dirigida a su madre y a su hermana, con quienes vivía en Galicia. Solo dice que las hecha de menos, que deja el ejército de forma irrevocable y que espera poder ayudarlas en la compra de un pequeño local comercial. No veo nada raro —dijo la doctora.
—¿Mensajes ocultos? —Álvarez seguía impasible—, revise su expediente.
—Lo miraré con calma y le llamaré esta tarde.
—Daré órdenes de que le controlen en Galicia. Quiero ver a los pájaros cerca de la jaula —el coronel abrió la puerta de la consulta.

«Si es que vuelve a Galicia», pensó la doctora Cusack, viendo cómo el militar se alejaba por el pasillo.

Refugio del Monte Rosa
Julio de 2013

El cremallera de Gornergrat subía a buen ritmo, lleno hasta los topes de alpinistas y turistas. Rusos y japoneses ocupaban la mayoría de asientos, junto con hindúes y árabes procedentes de Bahreim, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. Las nuevas unidades eran bastante más rápidas y algo más cómodas, no obstante, por la espectacularidad del paisaje y por el desnivel a superar, los 40 minutos de trayecto entre Zermatt y Rotenboden pasaban realmente rápido. En la estación de Riffelberg bajó una pareja de hindúes, Javier Besora, raudo y veloz, ocupó uno de los asientos libres, dejando su pesada mochila en el suelo, entre sus pies y el pasillo. Debido al traqueteo y al aforo del vagón, la mochila golpeó sin querer a un pasajero algo desaliñado, bien equipado, serio, pero con aspecto de no haber dormido en días. Su barba prominente y el desgaste de sus botas denotaban experiencia. Javier se disculpó en inglés y reubicó su mochila de forma que no molestara a nadie. El pasajero, que no se había molestado en absoluto, se percató del acento de Javier y le contestó en español.
—¿De dónde eres? —preguntó, dando por sentado que era español.
—¿Tan malo es mi inglés? —respondió Javier, irónico.
—No, no está mal, pero tienes acento del norte de España —dijo el pasajero.
—Sí, de Asturias, Gijón. Me llamo Javier.
—Galicia, Orense, soy Carlos.
—¿Es la primera vez que visitas Zermatt? —preguntó Javier
—No, puede que sea la cuarta o la quinta. Estoy haciendo realidad un viejo sueño, completar la lista de los 82 cuatromiles de los Alpes. Llevo 78.
—¡Coño! —soltó Javier—. Esto son palabras mayores, ¿qué cumbres te faltan? —El Nordend, la Dufourspitze, la Dent Blanche y la Dent d´Herens.
—Voy a subir la Dufour, o por lo menos esa es la idea —dijo Javier.
—Yo también, mañana si todo va bien —Carlos sacó sus gafas de sol del bolsillo interior de su chaqueta de Gore-Tex y se las puso.
—Si quieres, puedo acompañarte, ¿o prefieres ir solo? —comentó Javier.
—Bueno, no suelo ir con gente, pero no veo por qué no podemos subir juntos. Hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie….

………