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LA MONTAÑA Y EL SÉPTIMO ARTE

El nacimiento y la evolución del cine de montaña vistos desde la perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo, nos ayuda a enriquecer nuestra cultura cinematográfica y sobre todo, nos enseña a valorar el esfuerzo titánico que realizaron muchos de los pioneros que se aventuraron a filmar lo imposible en condiciones extremas, desarrollando un instinto de supervivencia que en ocasiones, ponía a prueba la lógica del propio ser humano. Para empezar a situarnos, debemos realizar un salto hacia atrás en el tiempo, justo a finales del siglo XIX. Por aquel entonces, el ilustre Thomas Alba Edison, sagaz como pocos, “pirateó” el primitivo Zoopraxiscopio de Eadweard Muybridge, lo patentó y encargó a su empleado William Dickson que construyera un aparato capaz de proyectar sobre una pantalla imágenes en movimiento. Así nació el Quinetoscopio, que usaba un cilindro de imágenes que contenía animaciones. El resultado era pobre ya que la duración estaba limitada por el diámetro del cilindro. En el año 1888, gracias a los trabajos de un fotógrafo francés llamado Etien-Jules Marey se incorporo la película en lugar de los cilindros, ganando así tiempos mas largos. Tomando los trabajos de John Carbut sobre el celuloide, Dickson, asistido por William Heise, adaptó el Cronofotógrafo de Marey y juntos crearon el Qinefotógrafo, realizando una exhibición del prototipo el 20 de Mayo de 1891. El Quinefotógrafo definitivo se estrenó al cabo de dos años. Posteriormente incorporaron el fonógrafo como complemento y en la primavera de 1895 se proyectó el Dickson Experimental Sound, con el engendro que denominaron Quinetófono. En realidad todo este conjunto no paso de la categoría de experimento de física recreativa con resultados mediocres.

Los verdaderos inventores del cinematógrafo fueron los hermanos Louis y Auguste Lumiere, que el 13 de Febrero de 1894 patentaron un aparato capaz a la vez de filmar y proyectar imágenes reales impresionadas sobre materiales fotográficos sensibles. A partir de aquí consiguieron una” película de verdad”, “La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir”, estrenada el 22 de Marzo de 1895. Había nacido el Cine. Al cabo de pocos años se habían filmado muchas películas , que se exhibían en cafés o salas, amenizadas por una música agradable, generalmente de piano. A una de estas sesiones acudió un joven fotógrafo llamado Felix Mesguich que quedo tan impresionado que su vida cambiaria por completo.

De su libro de memorias titulado “A golpe de manivela” extraemos alguna de sus experiencias: -“ Fui a pedir un empleo de operador de cámara a la factoría de los hermanos Lumiere (de material fotográfico como actividad), y me atendió el Sr. Louis Lumiere. Me dijo: mira pequeño, esto del cine no sabemos si va a tener futuro, la verdad es que lo mismo puede durar un mes…, un año…, tal vez mas…, tal vez menos, no podemos garantizarte nada, pero si tanto te gusta puedes empezar mañana. Durante años estuve viajando con todo el equipo y el material, rodando los acontecimientos que me encomendaban…”.

En el capitulo titulado “La Llamada de las Cimas”, Mesguich nos relata: -“En 1904 me enviaron a filmar la construcción del ferrocarril Montreux-Oberland, y me instale en Kandersteg. Para conseguir mejores perspectivas de las obras aprendí a encaramarme a los promontorios que ofrecían mejores vistas de las voladuras, de la construcción de los viaductos y de cualquier detalle que considerara de interés. Así trabe una buena amistad con el Dr. Biely que era el jefe de todos los guías de Kandersteg, el buen doctor me animaba siempre a que tomara filmaciones de sus actividades, pero siempre le respondía que esto no interesaría al publico. Una madrugada se presento en mi habitación y me dijo: Salimos a buscar unos montañeros perdidos en el glaciar de Blumlisalp, coge todo tu equipo porque vas a tener material que si va interesar a tu publico. Cargado con todo mi equipo no pude filmar nada durante la ascensión, trabajo me costaba seguir el ritmo frenético de aquellos guías impulsados por la urgencia de las circunstancias.

Cuando llegamos a la cabaña donde pernoctamos estaba absolutamente exhausto, estaba anocheciendo. Con el alba salimos en dirección al glaciar que ocupaba la cabecera del valle de Karder, ya en el la huellas codician a una profunda grieta donde finalizaban. Pude filmar los esfuerzos de aquellos valientes para rescatar los cuerpos del fondo de aquella fisura sin un fondo definido. Cuando monte el material en el laboratorio observe asombrado que al izar el ultimo de los cadáveres desde el borde de la grieta, este abrió los ojos, era una escena realmente estremecedora. La película se estreno en Octubre de 1905 en el Moulin Rouge, con el titulo: Une Drame sur les Glaciers de la Blumlisalp. A indicación mia, la orquesta dejo de tocar al llegar a la escena antes descrita, el silencio fue roto por varios llantos, y no todos, femeninos. Posteriormente tuve ocasión de filmar de nuevo al doctor Biely en plena escalada, con escenas espectaculares de descensos en rapel, que constituyan una novedad en la practica montañera. Desgraciadamente el Dr. Biely moriría poco después practicando su pasión favorita”.

Lo único que se conserva de toda esta historia es la narración de Felix Mesguich. Muy probablemente, su texto es la primera narración que se conserva a nivel histórico, donde se explica como empezaron a filmarse los documentales de montaña.

La crítica internacional coincide al afirmar que la primera película considerada como filme de montaña o película alpina es “Cervino” (1901), realizada seis años después de la invención del cine por un director supuestamente suizo cuyo nombre, de momento, no aparece en ningún registro de la época. El filme, es un interesante cortometraje que narra las diferentes etapas que siguen un grupo de escaladores con la intención de alcanzar la cumbre del Matterhorn desde Zermatt. Dos años más tarde, el joven director y alpinista de origen norteamericano F. Orniston – Smith, filmó la espectacular “Ascent to the Mont Blanc” (1903), logrando una maravillosa película donde se detalla paso a paso la ascensión al gigante de los Alpes. Junto a los dos títulos antes mencionados me gustaría añadir como curiosidad, uno más, el filme “Passage dangereux au Mont Blanc” de 1897, del que solo se conservan veinte metros filmados por Georges Meliès, donde por vez primera, el Mont Blanc aparecía en el título de una película.
El cine de montaña experimentó un auge espectacular en el periodo de entre guerras, no obstante, antes de la Primera Guerra Mundial, Italia realizó toda una serie de documentales de bella factura como por ejemplo “Ascensión a la Dent du Géan”» (1911) dirigido por Mario Piancenza o “La Expedición del Duque de los Abruzzos al K2” (1909) de Vittorio Sella, donde por primera vez en la historia, una cámara capturaba imágenes de la cordillera del Himalaya.
A principios del siglo veinte, el alpinismo deportivo tal y como se conoce hoy en día, se abrió al mundo, mostrando de par en par un amplio abanico de posibilidades. Los amantes de la montaña invadieron los Alpes en busca de retos que pusieran a prueba su capacidad de superación y en los años veinte, se crearon las primeras expediciones al Himalaya y a las montañas más altas de África.

Todos los expedicionarios se hacían acompañar por fotógrafos y cámaras de cine cuya labor consistía en inmortalizar sus aventuras para ser mostradas a posteriori en círculos científicos y sociales y sobre todo, con la intención de seguir recaudando fondos de sus principales patrocinadores. El cine iniciaba su andadura y los directores de fotografía empezaron a descubrir las posibilidades que les ofrecía el poder trabajar al aire libre, lejos de unos estudios llenos de decorados de madera y cartón piedra.

Hoy en día, puede que haya desaparecido el halo de misterio y leyenda que envolvía a los grandes clásicos, sin embargo la evolución del cine no determina por si mismo que una obra actual no pueda contener los mismos estímulos poéticos, fantasiosos, tiernos de exaltación emocional y provocar un cúmulo de sentimientos como lo hacían las películas antiguas. El cine de montaña rebosa poesía y muchos títulos en ocasiones encierra una moraleja ecologista que intenta convencer al espectador de la necesidad de preservar la naturaleza de nuestro planeta. Otro argumento muy utilizado desde sus inicios es el del reclamo turístico, aprovechando la fotografía de la película para vender una región, una población o una estación de esquí.

Históricamente, el cine de montaña es un género que nació asociado a lo que entendemos como el “bergfilme” alemán. Mientras Hollywood explotaba a Douglas Fairbanks y a Chaplin, en Alemania la UFA se convertía en una factoría de grandes éxitos produciendo obras maestras como “Metrópolis” (1927) de Fritz Lang. La inyección económica que experimentó la compañía de Berlín a mediados de los años veinte, potenció el trabajo de directores como Arnold Fanck, que no dudaron en contratar a profesionales del esquí y el alpinismo internacional para protagonizar sus películas de montaña. El campeón austriaco de esquí, Hannes Schneider o Luis Trenker son un buen ejemplo. No podemos pasar por alto la figura de Lenni Riefenstalh, que cobraría una importancia vital dentro del cine alemán a partir de la subida al poder de Adolf Hitler.

Arnold Fanck, Luis Trenquer y Lenni Riefenstalh filmaron miles y miles de metros de película, a caballo entre los Alpes y los estudios de la “UFA Palast” junto al zoo berlinés, mientras en Estados Unidos, un género tan interesante como el “western” nos descubría a través de sus películas, los grandes parques nacionales de las Montañas Rocosas.
Gracias a nombres como John Ford, John Wayne, Gregory Peck, Glenn Ford o James Stewart, el cañón del Colorado, los paisajes de Utah, los Parques Nacionales de Yosemite y Yellowstone, las montañas de Jackson Hole en Wyoming o los hielos de Alaska empezaron a formar parte de un paisaje que con el tiempo, se convertiría en algo tan familiar como puede ser hoy en día la Torre Eiffel de Paris, la Sagrada Familia de Barcelona o el Empire State Building de Nueva York.

La subida al poder de Adolf Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial no logró paralizar una industria que se convirtió en indispensable para aportar a los dos bandos las dosis de propaganda necesarias para animar la moral de sus gentes y de paso, propagar sin tapujos las ideas imperantes. Fruto de la subida al poder del partido Nazi son los documentales que Joseph Goebbels y Heinrich Himmler encargaron a sus “cachorros” de la Anhenerbe, la división ocultista, fanática y paranormal del Tercer Reich. En esta obra hablaremos del trabajo realizado por la expedición Nazi al Tibet plasmado en imágenes en el film “Geheimnis Tibet”“ (1943) dirigido por D H. A Lettow y Ernst Schäfer, donde se pone de manifiesto la importancia del cine a la hora de dar testimonio de una acción o de un viaje en si. Otro nombre que con el tiempo ha levantado cierta controversia es el de Heinrich Harrer, quien lograría captar la atención del mundo con su interesante obra “Siete años en el Tibet”. El cine nos aporta en ocasiones, grandes dosis de historia contemporánea congelando a través de un objetivo un año, un día, una acción o toda una filosofía de vida en menos de dos horas. El cine de montaña no se queda atrás a la hora de narrarnos la evolución del hombre, obligándole a este a desarrollar su inventiva.

Francia es otro de los países que junto a Alemania e Italia, merece estar en el podio del género alpino. En 1921, Paul Barlatier dirigió el cortometraje titulado “Fleur des Neiges”, filmado en las inmediaciones del refugio Tuckett en las Dolomitas, no obstante, Marcel Ichac seria el director que revolucionaria el cine de montaña francés con “A l´Assaut des Aiguilles du Diable” (1943) y “Tempéte sur les Alpes” (1945). Su particular homenaje a los guías de montaña y a la camaradería en general convirtió a “Les Etolies du Midi” (1958) en la mejor película de montaña de todos los tiempos y consagró a Ichac como uno de los mejores profesionales del género a nivel mundial.

Antaño, la carencia de medios se suplía con grandes dosis imaginación y aunque en ocasiones, los guiones podían resultar un tanto surrealistas, por no decir ridículos, las películas funcionaban. Eran otros tiempos, donde los actores realizaban peligrosas acrobacias atravesando glaciares solo para demostrar su valía y su profesionalidad ante un público que descubría atónito la belleza del Matterhorn o las Dolomitas sentado en una cómoda butaca.
Sea para saciar su ego o solo con la lícita intención de dejar constancia de sus logros, el hombre ha llevado sus cámaras hasta las cumbres mas altas desafiando a los elementos y a su propio valor para dar testimonio de sus hazañas buscando el respeto y el reconocimiento de un sector de la sociedad que aplaudía y todavía aplaude a los héroes que desafiaban la montaña.

Gracias al cine, cordilleras como los Alpes, las Rocosas, los Pirineos, los Andes o el Himalaya nos muestran su belleza ofreciéndonos la posibilidad de disfrutar también de grandes documentales narrados por alpinistas, esquiadores y escaladores profesionales, muchos de ellos filmados en el espectacular y efectivo formato IMAX que entretiene a la vez que ejerce una labor didáctica muy interesante.