Víctor Riverola

ANTÁRTIDA: FUEGO Y HIELO (“South to Fire and Ice”)

ANTÁRTIDA: FUEGO Y HIELO (“South to Fire and Ice”)

40 Aniversario de un documental histórico

 

Dirigido en 1973 por Joe Thompson, Antárdida: Fuego y Hielo es un documental sumerge al espectador en una de las expediciones mas espectaculares que la tripulación del Calypso (el barco del oceanógrafo y Comandante Jacques Cousteau) vivió a lo largo de su dilatada carrera científica. Por vez primera Jacques Cousteau pisaba un continente que le marcaría de por vida, reuniendo en una misma expedición reunió a buceadores, alpinistas y cámaras a lo largo de un viaje de cuatro meses a la Antártida. En esta ocasión la tripulación del Calypso no solo investigó bajo el hielo, sino también por encima, llegando a escalar varios icebergs y cumbres volcánicas, donde el fuego y el hielo se hermanan formando paisajes que ni el mismo Julio Verne hubiera imaginado jamás. La historia se remonta a 1972, cuando el Comandante Cousteau, junto a su hijo Philippe Cousteau (fallecido en accidente en 1979), su buen amigo  Albert Falco y todo el personal del CEMA, prepararon una ambiciosa expedición a la Antártida que les permitió rodar el espectacular documental para TV, Antártida Fuego y Hielo, presentado el 29 de noviembre de 1973. Actualmente el documental se encuentra editado en DVD dentro de la colección The Undersea World of Jacques Cousteau.

La expedición del comandante Cousteau puede considerarse única por dos motivos: El primero debido a la interesante fusión entre oceanografía y alpinismo, y el segundo por la cantidad de información y material audiovisual que Cousteau y su equipo obtuvieron durante su estancia en la Antártida. Era la primera vez que la tripulación del Calypso pisaba suelo antártico. Zarparon de Ushuaia, el puerto más me­ridional del mundo, en Tierra del Fuego, el 5 de diciembre de 1972, y tomaron rum­bo al Sur. Se despidieron del cabo de Hornos y alcanzaron la isla del Rey Jorge atravesando el famoso estrecho de Dra­ke. La navegación no fue fácil. Durante tres días soportaron vientos de 60 nu­dos, una humedad relativa del aire del 90% y una temperatura de unos 2-3 °C.

El Calypso atravesaba por primera vez el estrecho de Dra­ke, el canal que separa la Tierra del Fuego de las Islas Shetland del Sur, islas que constituyen la primera avanzadilla del continente antártico. Con sus 1.000km aproximadamente, el estre­cho de Drake comunica el Océano Pacífico con el Atlántico, siendo la re­gión más tristemente célebre de la Tie­rra, en la que estallan periódicamente las peores tempestades que el hombre pueda imaginarse. La expedición contó con grandes avances tecnológicos que se testaban en condiciones extremas. A bordo del Calypso una antena especial recibía directamente la señal de tres satélites de la NASA, obteniendo fotos de la región casi a tiempo real, hecho que permitía es­tudiar las borrascas y la progresión de la línea de formación de la banquisa. Un cuarto satélite, el ATS-3, en órbita a 36.000 kilómetros de altura sobre América Central, conectaba el Calypso con la estación de la NASA de Washington.

Una de las zonas donde Cousteau realizó mas investigaciones fue la isla del Rey Jor­ge, donde los buceadores tomaron muchas muestras del agua y los microorganismos del océano glacial Antártico, encontrando muchos fósiles de vegetales que en la actualidad podemos encontrar en la Patagonia y en la Tierra del Fuego. Para investigar mas a fondo, durante varios días los hombres del Calypso cambiaron sus escafan­dras y sus equipos de buceo por cuerdas, crampones, arneses y piolets. Philippe Cousteau, Michel La val, Francois Dorado, Carlos y Colin Mounier escalaron las murallas heladas de la isla del Rey Jorge, dirigidos por Laval, segundo de a bordo y experto alpinista. Según detallan, al iniciar la escalada no encontraron nieve sobre los residuos volcánicos, y los hombres, que avanzan sobre un terreno escurridizo ca­lentado por el volcán, estuvieron a punto de provocar varias avalanchas de piedras. Al llegar a la superficie helada (glaciar), el peligro aumentó. Michel, el primero en ascender, re­conocía el terreno con su piolet para elu­dir las grietas tapadas por una fina capa de nieve o de hielo. Las cámaras captaban la inmensidad, un color blanco tan puro que brillaba en la densa niebla, demostrando que en la Antártida el cielo y la tierra se confunden. Michel Laval abrió varias vías. Para lograrlo, sus hombres rodearon grietas enormes que podían engullirles sin remisión. Durante una ascensión, cruzaron una cornisa ennegrecida por las cenizas volcánicas, encordados y equipados como si estuvie­ran atacando cualquier cumbre de los Al­pes o del Himalaya. Extraño destino para unos marineros, que sin duda recordaron con admiración la labor de Laval durante su estancia en la Antártida. Uno de los momentos mas impresionantes lo vivieron al descender por una grieta enorme, una gran fractura del glaciar que se mantenía estable. Según Laval, estaban descubriendo un infierno de hielo que despide humo y vapor. La fractura, de unos 30m de altura, mostraba la alternancia de las capas de cenizas y de las de nieve. Como los anillos de crecimiento de los árboles, estas capas permiten remontarse hasta la época de Luis XIV y datar las erupciones que se han ido produciendo en la zona.

Justo antes de Navidad (1972), agotados, los alpinistas de la Antártida dejaron atrás el hielo y la roca y regresaron a bordo del Calypso para celebrar la Nochebuena. Olvidaron durante al­gunas horas que estaban lejos de todo y de todos, en el fin del mundo, solos y frágiles bajo la amenaza de los elementos prestos a desencadenarse en cualquier momento. La tranquilidad de esta noche no fue turbada por ningún presentimiento; sin embargo, cuatro días más tarde la catástrofe golpeó a toda la tripulación del Calypso: el intrépido Michel Laval fallecía en un accidente de helicóptero en la isla Decepción. Durante toda su vida, Michel había bus­cado nuevos horizontes. Poeta de la naturaleza, para él el univer­so era fuente de admiración y de amor. La naturaleza le acogió en la frontera de los desconocido. Michel había sido cauti­vado por el Antártico, por la riqueza de sus aguas, por sus tierras vírgenes, por sus inmensidades cubiertas de hielo, su belleza transparente. Para Cousteau y su equipo, la memoria de Laval acentuaba su devoción y su amor por la vida. Con el paso de los años, Jacques Cousteau se convirtió en un ferviente defensor de la Antártida, luchando para que fuera consagrada a la paz y la ciencia, hoy mandato del Tratado Internacional y su Protocolo de Madrid.

La expedición antártica del Calypso no solo dio como fruto audiovisual el documental que nos implica, sino también una impresionante película estrenada en cine en 1976 titulada Voyage au bout du monde (Viaje alrededor del mundo). El director del filme, Philippe Cousteau, utilizó una buena parte del metraje que se rodó entre 1972 y 1973, junto con nuevas imágenes filmadas en 1975, durante sus viajes a la Antártida junto a su padre. Cousteau fue el primero en rodar imágenes de gran calidad para cine bajo las heladas aguas de la Antártida.

 

Víctor Riverola i Morera

 

 

 

 

 

La Antártida, por Jacques Cousteau

 

Si el círculo polar ártico delimita un océano rodeado por continentes, el círculo polar antártico circunscribe un continente rodeado por océanos. No es un juego de palabras. Es una manera concisa de expresar las grandes diferen­cias que caracterizan a los dos polos de nuestro planeta. Mientras que la influen­cia del mar suaviza por lo menos en parte la aspereza del clima del polo Norte, el polo Sur, por el contrario, cuenta con to­dos los extremos de un clima continental. Su temperatura media anual alcanza los -25 °C y se han registrado mínimas que han alcanzado los -80 °C. El hielo está presente casi de continuo. Sólo en algunos rincones de la costa el termómetro marca 0 °C o quizás 1 °C. En la mayor parte del continente la temperatura es, aun en ve­rano, inferior a -5 °C. El aire húmedo y brumoso de las zonas oceánicas se vuelve muy límpido en las cercanías de la tierra, que es barrida casi constantemente por violentos vendavales. En las capas atmos­féricas más bajas existe una zona antici­clónica permanente, mientras que sobre el océano que rodea el continente las bo­rrascas se van relevando con un intervalo de unos tres días. El continente austral tiene la forma de un círculo irregular. Una península, la tierra de Graham, atravesada por una cadena montañosa se extiende en la dirección de América meridional hasta la cordillera. En el Antártico nos fascina la belleza de los hielos a la deriva, verdaderos castillos deslum­brantes, recorridos por reflejos azules y verdes. Pero hay que tener cuidado: estos edificios he­lados pueden hundir cualquier barco.