Víctor Riverola

Desde Escocia

Tras escalar el Ben Nevis en solitario, Hank tenia ganas de visitar a Hanna en Ayr. Habían quedado que se escribirían, con la intención de cenar juntos tras varios años sin saber nada el uno del otro. Le mando un mensaje a través de su móvil, y la respuesta le dejó mal sabor de boca.

– La verdad es que no me siento muy cómoda porque se que esperas que ocurra algo al vernos, y no quiero que pase nada. No estoy preparada, lo siento. Tengo mis miedos, mis problemas y no quiero hablar de compromisos, ahora soy yo la que huye de ellos. Un día si que lo haré, me enfrentaré al futuro, pero ahora no puedo, necesito unos meses para estar sola. En su momento tu tomaste decisiones sin consultarme y ahora la que no está preparada para complicaciones soy yo. Veremos lo que la vida nos depara en unos meses. Esta mañana todavía no estaba segura de lo que haría. Ruego me perdones si te hago daño.

El mensaje era contundente y la sensación que experimentó Hank fue agridulce. Por un lado presentía que la distancia, el miedo y la situación personal de Hanna precipitarían los acontecimientos que, desafortunadamente, estaban sucediendo. Pero por otro lado, tenía la esperanza de poder hablar con ella, de poder terminar la conversación pendiente desde junio de 2006. Él no tenía ninguna intención de hundir la aerolínea donde Hanna se estaba forjando un futuro, pero la política de la empresa era inmoral, y alguien tenía que destapar los entresijos que se escondían en una empresa que rozaba la ilegalidad cada vez que una de sus aeronaves aterrizaba o despegaba. Cuando Hank publicó su artículo y las imágenes que rodó con cámara oculta vieron la luz, las acciones de la empresa experimentaron una caída brutal y los recortes en plantilla afectaron desde pilotos veteranos a personal de cabina como Hanna. Por mucho que él intentó dejar a un lado su profesión de periodista, su relación entró en caída libre, hasta que ella le abandonó. A mediados de 2014, Hanna volvió a volar, trabajando para una nueva compañía aérea. Luchó con todas sus fuerzas para quedarse en Barcelona, la ciudad que le había robado el corazón desde que tenía doce años, cuando llegó con sus padres procedente del este de Europa. Pero las grandes empresas son como son, y no valoraron su situación familiar, enviándola a trabajar al aeropuerto internacional de Prestwich.

Hank llegó a la estación. Ahora estaban a menos de doscientos metros el uno del otro, y el no poder verse era algo que escapaba a la lógica. Hank, Hanna y el miedo, el trío que antaño les separó, volvía a reunirse, esta vez en Ayr, una pequeña población costera al sur de Glasgow, en Escocia, la tierra de su familia. Los caprichos del destino en ocasiones juegan malas pasadas, y ahora, Hank era consciente del rumbo que estaba tomando su vida, tanto a nivel profesional como personal.

Al día siguiente, Hank ordenó de sus ideas al levantarse por la mañana. Decidió salir a correr muy temprano, aprovechando la latitud y la agradable temperatura. Disponía de dos horas antes de llegar al aeropuerto de Prestwick, situado a unos cuatro o cinco kilómetros. Pensó en correr una hora y media, regresar al hotel, hacer su equipaje y llegar caminando al aeropuerto, sin prisas. Casi sin darse cuenta, llegó a buen ritmo hasta el centro de Prestwick, se tomó su tiempo para relajarse en la playa y regresó andando a buen paso, al pequeño Inn donde había reservado una habitación hacia unas semanas. Al pasar junto a la valla que delimitaba la pista de aterrizaje del aeropuerto de la carretera de circunvalación del aeropuerto, se percató de un detalle curioso: un enorme reactor de dos motores acababa de aterrizar, dirigiéndose por la zona de rodadura hacia un enorme hangar situado hacia el este, justo al principio de la pista. Le llamó la atención el hecho de ser un avión sin matrícula, con el fuselaje pintado íntegramente de color gris, sin distintivo alguno. Al cabo de unos minutos, un segundo aparato sin números ni identificaciones, aterrizó en Prestwick. Esta vez se trataba de un turbohélice de dos motores

En el aeropuerto de Prestwick, Hank conectó los auriculares de su IPhone en su ordenador portátil, buscó en ITunes el tema Outro de los M83 y se relajó sentado en el Starbucks Coffee que se encuentra justo antes de pasar el control de salidas. Había llegado el momento de regresar, de volver a Barcelona. Se levantó de su silla y observó a su alrededor, mientras la canción seguía avanzando…parejas de mochileros cruzaban el pequeño hall, un matrimonio de edad indefinida corría tras su hijo de unos cinco años, cuatro escoceses alegres se apresuraban para no perder su vuelo, seguidos por una señora de edad avanzada que tampoco quería encontrarse el embarque cerrado y un grupo de amigas se despedía, delante de al oficina de cambio de moneda. Hank vio a una pareja de enamorados besándose apasionadamente bajo el cartel de Arrivals, al mirarles, sintió una punzada de envidia. Desvió la mirada, centrándola en dos pilotos que cruzaban el control de seguridad, algo que formaba parte de su rutina – ¡Harry up, harry up!,- gritaba Zola Jesus en los auriculares de Hank, – We´re Dreaming – , le tocaba el turno a Intro, uno de los mejores temas de los M83. Hank recordó la música y las imágenes de The Art of Flight, el mejor documental sobre snow-board jamás rodado. Hank se encontraba solo, viendo como la vida pasaba por delante de sus ojos y él se limitaba a seguir aporreando las teclas de su portátil, con la intención de desfogarse y de resultarle útil a alguno de sus lectores. Tener mas de diez libros publicados no le convertía en un escritor conocido, aunque tenía su particular corte de seguidores, fieles, que apreciaban su labor como investigador, como viajero, como polémico articulista y Blogger.

La ascensión al Ben Nevis por una ruta nueva, le había transmitido sensaciones desconocidas, había descubierto un pasado familiar que desconocía, se había enfrentado a su padre y se había llevado consigo una maleta llena de recueros, documentos y material que le mantendrían ocupado por lo menos cuatro o cinco meses. Solo faltaba Hanna.

El de Prestwick era el tipo de aeropuerto donde Hank se sentía cómodo. De reducidas dimensiones, muy práctico, con su pequeña estación de ferrocarril y con una única pista homologada para el aterrizaje de reactores de tamaño medio. La pequeña terminal, sus bares y la tienda de regalos y bebidas tenían vida propia. En el McIntyre´s (beer, wine & food) no se comida mal del todo y la espera recordaba a Hank los aeropuertos del norte de Noruega, al de Palanga en Lituania o el de Verona en Italia, pequeños pero llenos de historias. En el pasado había llegado a pasar días enteros en aeropuertos, tomando notas para sus libros y artículos. Todos los aeropuertos tenían vida propia, algo que también sucede en las estaciones de ferrocarril, donde miles de pasajeros circulan arriba y abajo a diario. Hank disponía de tiempo suficiente para escribir, mientras mordisqueaba un sandwitch acompañado de un zumo de naranja. Se tomó la espera con calma.

Barcelona ¿ciudad o playa? rezaba la publicidad en una de las pantallas de plasma situada encima del enorme cartel de Salidas. Observó el enorme mural de Ryanair, con el slogan “fly cheaper to Europe” bien claro, pintado en amarillo sobre fondo azul. Cuando la calma parecía regresar a la terminal, Hank observó la llegada de un grupo de veinte soldados alemanes, con sus monos militares y equipaje de mano. La bandera en sus hombros delataba su procedencia, – ¿serian los ocupantes del avión sin identificar que había aterrizado por la mañana?- pensó. Si eran ellos, ¿por qué habían tardado tanto en salir por la terminal de llegadas?, aunque podían haber llegado en un vuelo regular, con la intención de realizar unas maniobras o de pasar unos días junto a las tropas británicas destinadas en Escocia. En aquel momento, Hank recordó los hangares enormes que había visto en el extremo norte de la pista, lamentando por un momento el haber adelantado su regreso. ¿Maniobras de la OTAN en la zona?, ¿bases que no figuran en los mapas?. Su pasado regresaba a su memoria, eran otros tiempos, cuando su espíritu activista le había creado serios problemas en manifestaciones y en concentraciones pacíficas.

La llegada de nuevos aviones cargados de turistas y la salida de los vuelos hacía Ibiza y Málaga llenaron en pocos minutos el hall del aeropuerto de Prestwick, conviertiéndolo en un notable ejemplo de cómo funciona un aeropuerto de pequeñas dimensiones en temporada alta. Hank miró hacia la pantalla donde se reflejaban las salidas. Observó como su vuelo salía con media hora de retraso, – normal – se dijo para sus adentros. Cuando vuelas con ciertas compañías, nunca sabes lo que te va a pasar y volar con Liamair tenía sus ventajas y sus inconvenientes. Decidió tomarse otro café en el Starbucks, donde había entablado conversación con sus dos empleadas, muy amables y ambas oriundas de Londres. Poco a poco llegaba mas y mas pasajeros que volaban con Ryanair, con Liamair y alguna que otra compañía de bajo coste. Jubilados con ganas de descansar en Andalucía, familias que volaban a las islas Canarias, a Mallorca, incluso ejecutivos que viajaban a Paris o a Carcassonne.

– En Prestwick suelen aterrizar aviones y helicópteros de gran tamaño de la RAF (Royal Air Force). Si se acerca, verá que llevan el nombre pintado en el fuselaje de un modo muy…disimulado, pero lo llevan – comentó un anciano sentado a pocos metros de Hank. – ¿Y que me dice de los soldados alemanes? – dijo el abuelo.

– ¿A que se refiere exactamente? – preguntó Hank.

 

– A la OTAN

– Yo soy escalador, intento alejarme de las armas lo máximo que puedo…- Hank sentía curiosidad.

– La OTAN realiza maniobras por esta zona con demasiada frecuencia, incluso llegan a escalar en el Ben Nevis acaparando vías solo para ellos, es como si cerraran la montaña…. – contestó el anciano.

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