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Jungfrau, 23 de septiembre de 1948

En los Alpes suizos, el föhn, el viento cálido del sur que suele traer consigo tormentas en verano, había dejado de soplar a finales de agosto, refrescando el ambiente. Los meses de julio y agosto se habían mostrado especialmente benévolos con las grandes cumbres del Oberland bernés, en el cantón de Berna. A mediados de septiembre, a las puertas del otoño, el clima en el centro de Suiza era realmente agradable, el sol no apretaba con tanta fuerza y los días eran un poco más cortos. Era la época ideal para escalar, sin turistas ni calor.

Leonard Fox disfrutaba de la montaña risueño como un colegial, sintiéndose libre. Él y sus dos compañeros de cordada progresaban a buen ritmo, acercándose con estilo a la cumbre de la Jungfrau, la Virgen, cumbre majestuosa, con una exigente vía normal. Rodeados de nieve dura, con la temperatura iniciando un notable descenso, seguían ganando altitud. Los compañeros de Leonard eran Harry Baldwin, capitán norteamericano convertido en granjero tras la guerra, y Kenneth Thompson, capitán británico, mecánico de profesión. Los tres tenían muy claro que no podían invertir ni un día más en la región pues solo disponían de dos jornadas para hollar la cumbre, y regresarían a sus hogares durante el fin de semana. Desde el espolón rocoso donde se encontraban, distinguían claramente un punto marrón junto al Jungfraujoch: era su tienda, que de momento seguía instalada muy cerca de la salida del mirador, por debajo de la Esfinge. De madrugada habían iniciado la ascensión bien equipados, con mucha moral, disfrutando de cada paso rodeados por un paisaje realmente espectacular.

La Segunda Guerra Mundial seguía muy presente en sus recuerdos, fue una experiencia durísima, incluso para hombres curtidos como ellos. Lejos de la imagen romántica o incluso heroica que ofrecía de ellas el mundo del cine, las guerras eran crueles e injustas, y eran capaces de mostrar el rostro más amargo y detestable que el ser humano esconde en su interior. Kenneth Thompson todavía recordaba la dramática Operación Charnwood, que significó la liberación de Caen el 9 de julio de 1944, tras durísimos combates y bombardeos aliados que destrozaron la ciudad, algo que en su momento fue silenciado por la mayoría de periódicos norteamericanos, franceses e ingleses. Thompson formó del 1er Cuerpo Británico, encargado de bloquear y anular a la 12ª División Panzer SS Hitlerjugend y la 16ª División de Campo Luftwaffe. Su buen amigo y compañero de cordada, Harry Baldwin, había sobrevivido al infierno de Omaha Beach, soportando durante horas el intenso fuego de las ametralladoras alemanas MG 42 desde los acantilados.

Los alemanes segaron miles de vidas en menos de seis horas, destrozando familias de un modo atroz. Por aquel entonces, Leonard Fox cubría como corresponsal de guerra la liberación del norte de Francia, acompañando a la 185ª Brigada británica hacia el interior desde la playa Sword. Fue testigo de la Operación Charmwood, describió para la prensa británica el desembarco aliado, el famoso Día D, jugándose el cuello en más de una ocasión, y fue bastante crítico con las tácticas de combate del mariscal Montgomery, que ocasionaron numerosas bajas en el bando aliado. No era oro todo lo que relucía y la liberación de Francia no se había narrado, según él, con el rigor necesario.

 

Los tres coincidieron en Caen, en la Baja Normandía, a finales de julio de 1944 y formaron parte de la ofensiva aliada que ayudó a liberar París el 26 de agosto del mismo año. Compartían una misma pasión por el alpinismo y la escalada que les mantenía unidos, lo que reforzó su amistad con el paso del tiempo. Durante la guerra habían mantenido interminables conversaciones sobre sus aventuras en la montaña, recordando viajes y anécdotas del pasado. La montaña ayudaba a mantener la moral alta y les ofrecía grandes dosis de motivación. Al finalizar la contienda, Thompson, galés de nacimiento, volvió a trabajar como mecánico en su taller de Londres junto a su esposa y su suegro, y Harry Baldwin, norteamericano de Chicago, se había quedado a vivir en Arromanches, en Normandía, al casarse con una simpática enfermera francesa. Actualmente esperaban su primer vástago.

Leonard Fox era el único soltero del grupo. Al no tener esposa ni prometida, vivía viajando, era un nómada sin obligaciones, un espíritu libre. Cada año visitaba a sus amigos en Londres y en Arromanches, compartiendo durante unos días las historias que les había dejado una guerra terriblemente cruel, llena de dolor y sufrimiento. La profesión de corresponsal le permitía disfrutar de varios periodos de relativa inactividad cada año, y entonces Leonard dejaba su pesada máquina de escribir, su pluma y sus carpetas llenas de papeles y se dedicada a escalar cumbres, a caminar por bosques frondosos y a cruzar glaciares, disfrutando de la vida en total libertad, sin ataduras ni responsabilidades. Su metro ochenta y dos, su tez tostada por el sol, sus ojos verdes y su cabello rubio le ayudaban a no sentirse solo, pero a diferencia de sus dos compañeros de cordada, él no tenía un hogar al que regresar. No había ninguna señora Fox esperándole, ni mucho menos acompañándole en sus aventuras, no había niños correteando junto al hogar, ni abuelas cocinando pasteles. Leonard comenzaba a preocuparse por el futuro de su apellido, de algún modo envidiaba a los protagonistas de las grandes películas de montaña alemanas de los años veinte y treinta, fieles a su pasión familiar dentro y fuera de sus hogares. Había hablado del tema con Thompson y Baldwin, pero nunca se había decidido a dar un paso adelante. Pretendientes no le faltaban, pero era un desastre a nivel de relaciones personas serias, pocas chicas aguantaban su particular sentido del humor, su carácter y su estilo de vida.

La montaña era su válvula de escape, era su segundo hogar. Tras la guerra, los tres habían decidido que volverían a reunirse por lo menos una vez al año para escalar juntos. Lo necesitaban, la montaña les llamaba y no podían ignorarla. Fieles a su promesa, a mediados de septiembre viajaron hasta el corazón de los Alpes suizos para escalar la Jungfrau desde el Jungfraujoch. Aquella mañana se habían cruzado con algún que otro turista aventurero, pero nadie tenía la intención de llegar hasta la cumbre de la Jungfrau. Estaban solos. Partieron desde la estación del Jungfraujoch, pasando por debajo del Sphinxstollen (la esfinge), y rápidamente alcanzaron la parte superior del Jungfraufirn, uno de los plateaus más grandes de los Alpes, cuna del Aletsgletscher. El panorama era impresionante. La Jungfrau (la Virgen), es la tercera cumbre mas alta de los Alpes berneses y su vía normal estaba considerada como «relativamente asequible» por la arista Sudeste, con algún que otro punto un tanto complicado, lo que les obligó a tomar precauciones. Todo dependía del estado del hielo y la nieve. De momento, la mañana se presentaba soleada, pero, tal y como les habían advertido, a lo lejos, hacia el oeste, empezaban a observarse nubes amenazantes que podrían cubrir el cielo en pocas horas.

Los tres se habían detenido junto a unas rocas, justo en la base del imponente espolón Kranzbergegg, donde desayunaron. Por unanimidad, habían decidido proseguir la marcha sin demora. A sus pies, el inmenso Jungfraufirn y el Aletschgletscher mostraban sus grietas, minúsculas desde donde se encontraban, pero enormes cuando las cruzas. Superaron el Kranzbergegg, un primer hombro rocoso de piedra algo suelta, que se presentó algo más duro y complicado de lo que pensaban; seguidamente, treparon por terreno mixto hasta alcanzar el segundo hombro rocoso situado justo debajo del Rottalsattel, un pequeño collado. Leonard aseguró a sus compañeros, probando la resistencia de las nuevas cuerdas compradas en Interlaken. La progresión no era complicada, pero la Jungfrau presenta varios pasos delicados donde la roca es exigente y donde el hielo suele estar muy vivo en verano, lo que obliga a los alpinistas a extremar las precauciones. Leonard, Thompson y Baldwin disfrutaban de la ascensión, la satisfacción se reflejaba en sus rostros. De momento, los crampones se clavaban sin problemas y sus nuevas gafas de sol alemanas eran una maravilla. Estaban probando material nuevo, incluso tenían una buena cámara fotográfica, una Leica Rangenfinder 2 que Leonard le había prestado a Thompson. Era una cámara todoterreno muy práctica y compacta comprada en 1939, y con ella el joven inglés inmortalizaba los pasos más delicados, contando con la ayuda de Harry y Leonard, quienes se convertían en improvisados modelos. Las cámaras fotográficas evolucionaban a gran velocidad, su tamaño se reducía a la vez que aumentaba su practicidad de forma considerable. Seguían avanzando a buen ritmo. Poco a poco las nubes cubrieron parcialmente el macizo de la Jungfrau, el Mönch y el Eiger. Las grandes cumbres del Valais, bien visibles hacia el sur, empezaron a desaparecer de su campo visual y Thompson no pudo reprimir el impulso de fotografiar el Eigergletscher, el glaciar más largo de Europa, que se extendía hacia el sur desde la Konkordiaplatz.

Su inmensa lengua de hielo de unos 25 kilómetros merecía ser fotografiada desde la posición donde se encontraban, era un glaciar enorme, un mar de hielo que se adentraba hacía el interior del Valais y llegaba hasta Blatten. El glaciar resultaba hipnótico y Thompson disfrutó de su magnífica visión. Cruzaron en diagonal, hacia la derecha, el flanco nordeste del Rottalhorn. Con precaución franquearon la rimaya y superaron los últimos metros hasta llegar al Rottalsattel, el collado que separa el Rottalhorn de la Jungfrau situado a 3.885 metros. Hasta el Rottalsattel habían ascendido encordados en ensamble, pero Leonard había dispuesto que, por seguridad, en las últimas rampas avanzaría solo, pues un avance en ensamble de tres en la arista de la Jungfrau podía ser muy peligroso a finales del verano, con el hielo vivo cubierto solo por unos centímetros de nieve caída por la noche. El cielo se había cubierto. La visibilidad se había reducido considerablemente y estaba comenzando a nevar débilmente. Superaron sin problemas los últimos repechos aéreos antes de llegar a la parte final de la vía, donde encontraron una enorme pala de nieve que con el paso de la mañana estaba empezando a ablandarse. Superaron cómodamente la pala y hollaron la cumbre de la Jungfrau antes del mediodía. El viento, que empezaba a soplar con una intensidad considerable, les dejó permanecer en ella solo unos minutos.