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Otoño en Baviera

La persistente llovizna que la había acompañado durante dos días, dejó paso a una neblina que mantuvo frío el ambiente hasta altas horas de la madrugada. La lúgubre escena empezó a desvanecerse con la llegada de los primeros rayos de un tímido sol que luchaba por abrirse paso por entre gigantes cumulonimbos. Según la predicción, el astro rey no tenía intención de volver a desaparecer durante las próximas cuarenta y ocho horas, algo que la joven que ocupaba una de las habitaciones del Hotel Müller en Hohenschwangau, Baviera, agradeció. Había dormido nueve horas sin interrupción, se sentía en buena forma física y tenía ganas de seguir viviendo la vida con intensidad, flirteando en ocasiones con el inmenso abismo de la locura. Tras la muerte de sus padres, se había convertido en una auténtica superviviente; alguien cuyo carácter y fuerza la empujaban a seguir avanzando, aunque para ello tuviera que pagar un elevado precio. El histórico Hotel Müller, situado en el número 16 de la Alpseestrassse, seguía siendo un hotel de merecida fama, elegante pero discreto, el tipo de establecimiento que gustaba frecuentar, donde se hacían pocas preguntas y se podía trabajar en paz. Desayunó a las ocho y veinte unas tostadas de pan inglés con mermelada de higos, un zumo de naranja natural, yogurt con muesli y un café con leche; abrió su Iphone 6, repasó el correo y los Whasap y navegó por varias páginas, aprovechando el WI-FI del hotel. Realizó el check-out a las nueve de la mañana; la amable recepcionista le preguntó si había consumido algún producto del mini-bar, le entrego la factura y accedió a guardarle la habitación durante unas horas, con la intención de que pudiera darse una ducha al término de su actividad deportiva. Salió del hotel al cabo de unos diez minutos, miró hacia el cielo y cerró la APP del servicio meteorológico de Baviera que había consultado durante el desayuno, acto seguido guardó su smartphone en el bolsillo superior de su mochila de ataque y empezó a caminar.

 

Aunque consideraba la famosa Ruta Romántica como un producto turístico excesivamente edulcorado, reconocía la importancia histórica de la misma y tras una semana cargada de trekkings por el sur de Baviera, había decido dejar para su último día de vacaciones la visita a los castillos de Hohenschwangau y Neuschwanstein, mezclándose con los pocos turistas que habían decidido subir temprano. Vestida con ropa deportiva y zapatillas de trail-running, tenia intención de subir primero al castillo de Neuschwanstein, el edificio mas fotografiado de Alemania, dejando para mas tarde la visita a Hohenschwangau, pero antes, decidió correr una media hora por la orilla del Alpsee, cuyas aguas cristalinas ayudaban a paliar el calor de miles de familias en verano.

 

Tras observar a dos niños jugando con sus padres a orillas del lago, terminó su recorrido a buen ritmo y sin bajar la intensidad, volvió hacia la Alpseestrasse para dar un giro a la derecha y subir por la Neuschwansteinstrasse, directa hacia el castillo. Decidió que el camino del Marienbrücke, el famoso puente desde donde suelen agotarse las tarjetas de memoria de muchas cámaras digitales, lo utilizaría para descender, siguiendo la ruta del Rodelmöglichkeit. Aunque superaba la treintena, seguía sin perder un mínimo ápice de aire juvenil; de complexión atlética, medía algo mas de metro setenta y sus ojos color miel con un toque verde amatista, resaltaban su expresión. La joven poseía una elegancia innata; sabía como destacar su belleza sin llamar la atención, era muy discreta. Tardo una media hora en llegar a las puertas del impresionante castillo de Neuschwanstein, rodeado por bosques frondosos y cumbres alpinas. Agradeció el frío intenso que la acompañaba a primera hora de la mañana, pues no soportaba el calor y dejándose llevar por los recuerdos de su infancia y juventud, inmediatamente recordó a Dick Van Dike enfrentándose al cazador de niños en Chitty Chitty Bang Bang a las puertas del castillo, a Mel Brooks en La Loca Historia de las Galaxias y también el clásico de Walt Disney La Bella Durmiente, una película que nunca soportó, pues no creía en príncipes azules. Descubrió gracias a una pequeña guía que adquirió, que Neuschwanstein significa nuevo cisne de piedra, sintiéndose fascinada por la arquitectura de un castillo construido en 1866 por orden del rey Luis II de Baviera, conocido como el rey loco. Justo cuando se disponía a abandonar el castillo y regresar a Hohenschwangau un grupo de turistas italianos entró en tromba al castillo, precedidos por su guía, una mujer de unos cuarenta años, alta y muy morena de piel. La mujer les bombardeaba con datos históricos, hablando italiano con marcado acento alemán.

 

– ¿Saben ustedes que este castillo posee una completa red eléctrica, de las primeras en Alemania y el primer teléfono móvil de la historia con una cobertura de seis metros? – la guía disfrutaba hablando.

  • El diseño de este castillo no es funcional, pero es estético – dijo uno de los turistas italianos en voz alta para hacer notar sus conocimientos sobre la materia.
  • La cocina del castillo aprovechaba el calor siguiendo reglas elaboradas por el gran Leonardo DaVinci – añadió la guía mirando a los turistas con desdén.

 

– Tu no podrías viajar así, son insoportables – pensó la joven.

 

Tras la visita al castillo, salió al exterior y ganó algo de altitud para desviarse del camino unos metros con la intención de llegar al Marienbrücke (puente), desde donde tomó un par de fotografías, dejándose llevar por un paisaje bucólico. Inspiró profundamente, cerró los ojos y escuchó el sonido del viento. Al volver a abrirlos observó como los rayos solares penetraban por entre el follaje espeso de los bosques que la rodeaban, mientras la neblina que ascendía lentamente a través de los árboles añadía un halo de magia y misterio al entorno; el efecto lumínico era espectacular.

 

Disfrutó del momento en silencio, inspirando largas bocanadas de aire fresco y puro de montaña, logrando desconectar de la realidad durante unos minutos, algo que agradeció. Regresó a Hohenschwangau al mediodía con la intención de visitar el castillo del mismo nombre, situado a 850 metros de altitud. El castillo de Hohenschwangau era la residencia de infancia del rey Luis II de Baviera y fue construido por su padre, el rey Maximiliano II de Baviera, antes de que su hijo mandase construir su capricho personal, de nombre Neuschwanstein. Al cabo de una hora y media volvió a su habitación para recoger su maleta, darse una ducha y cambiarse de ropa. Eligió un conjunto de pantalón y chaqueta informal pero elegante, se despidió del personal de recepción y salió al exterior. Miró su reloj, levantó la mirada y justo delante del hotel encontró aparcado un vehículo todo-terreno de color negro, tal y como rezaban las instrucciones que había recibido hacia varias semanas en Oxford. Junto al vehículo todo terreno, observó la figura de un hombre de mediana edad impecablemente vestido.