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El faro del fin del mundo

Lejos de las montañas y del paso del tiempo, el delta es el lugar donde el río sueña con ser mar.

Tanto que, en pleno siglo XXI, la enorme extensión de agua y tierra que forma la desembocadura del Ebro sigue siendo uno de los escenarios donde todavía podemos perdernos lejos de la voracidad del ruido y de las prisas, igual que si camináramos de la mano de Caballero Bonald en busca de Argónida: “Siento pasar los barcos por dentro de la noche. Vienen de un transitorio distrito del invierno y van a otra interina estación de argonautas, esas rutas quiméricas que rondan los fascinantes puertos de la imaginación”.

Tal y como recuerdan las viejas crónicas, durante siglos estas costas fueron temidas por los navegantes debido a los aluviones arrastrados por el río, a la variabilidad de sus desembocaduras y a las dificultades de acceso a sus puertos naturales que ocasionaron numerosos hundimientos y naufragios. Aquí, el azul que baña el Mediterráneo se convierte en verde. Los humedales inundan el horizonte hasta hacer olvidar dónde termina el mar y dónde comienza el cielo. Los vientos que llegan del este y el oeste transforman a estas costas en una enorme caja que parece guardar todos los vientos del mundo. Y de tierras para dentro los nombres de los lugares que desde tiempo inmemoriales han ido pasado de generación en generación terminan por dibujar una geografía cargada de mitología: barra del Trabucador, Migjorn, isla de Buda, gola de Tramuntana, el Garxal, Riumar, bahía del Fangar…

Más allá del mar, el paisaje es una interminable sucesión de playas, dunas, lagunas y flamencos. A su alrededor, enormes campos de arroz atravesados por pequeñas carreteras secundarias que siempre parecen conducir a ninguna parte. La soledad del paisaje tan solo se ve interrumpida por las figuras dobladas de los agricultores en los campos de arroz y las pequeñas barracas que recuerdan un modo de vida tan apegado al entorno que ya parece olvidado. A medida que el sol comienza a ponerse, el rumor de cientos de aves se apodera de la vegetación que esconde las lagunas. Y al anochecer, la oscuridad inunda los campos infinitos al mismo tiempo que las estrellas y los sonidos que trae consigo el silencio de la noche continúan arrastrando las leyendas que siempre han poblado estas tierras.

A contracorriente, un día de viento puede ser el mejor momento para llegar a la playa de la Marquesa en busca de la nada y adentrarnos caminando a través de la alargada lengua de arena que forma la punta del Fangar. El paisaje pronto parece arrastrarnos dentro de un videoclip de U2. A un lado, la bahía. Al otro lado, el mar. Y delante de nosotros, únicamente la arena de las dunas y de la playa que convierten a este lugar en un escenario tan irreal, a medio camino entre el desierto y el paraíso.

En medio del vendaval, la noción del tiempo y del espacio comienzan a desaparecer a medida que la tormenta de arena nos ciega y nos impide ver más allá de nuestros pies. Agachamos la cabeza. A duras penas seguimos caminando. Como una alucinación, hace ya mucho que desapareció todo rastro humano. El silencio de nuestras pisadas se pierde en el murmullo del viento que se apodera de cada centímetro de nuestra piel y del oleaje que nos recuerda que el mar sigue estando ahí, aunque casi no lo podamos ver. Y a lo lejos, en el horizonte que se extiende más allá de la propia tierra, la enorme figura blanca de un faro surge entre la niebla que forman el viento, la arena y el agua.

¿Qué hay donde no hay nada más? ¿Dónde vamos cuando no vamos a ningún lugar?

Seguramente, todas las respuestas nos esperan siempre en los faros que anuncian el principio y el final de todos los mundos que conocemos.

Por Miguel Calvo

Alrededor de 1885, Francisco Giner de los Ríos escribió su conocido artículo titulado Paisaje, donde recogió su filosofía y su idea sobre el paisaje y su relación con el hombre. En 1915, con motivo de su fallecimiento, dicho artículo se publicó en la revista Peñalara, convencidos de que siempre habrá otra forma de vivir las montañas, la naturaleza, el deporte y el patrimonio cultural
(Miguel Calvo, autor del libro Regresar a Maratón)

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