La más temprana de las aperturas conjuntas de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro tiene la suerte de disponer de su correspondiente texto. Firmado por Edil, el primer citado de nuestro dúo escalador. El lugar elegido para esta creación de la célebre la cordada aragonesa fue Riglos, un 2 de mayo de 1958. En cuanto a los pormenores, se publicaban en el Boletín de su club, Montañeros de Aragón. Más en concreto, en el número 53 de la I Época, correspondiente a marzo-abril de 1959. Pero mejor no demorarse mucho con las explicaciones, alguna de las cuales se materializará a lo largo del artículo. A cambio, pasemos a reproducir íntegramente la “Primera por la vía de los Diedros” de la peña de Don Justo, para disfrutar con la prosa de Alberto Rabadá. Atentos a su expresivo arranque, que se sitúa en la zona alta de la ruta hacia la cumbre de este monolito del sector de los Fils, sobre un tramo que pronto se conocería como Tubo de los Chemequeos:
“No pasaré, no pasaré…, ¡uf!, ¡uf!, ¡agg!, ¡uf!, no pas…, ¡ay!, ¡lo conseguí!, cédeme cuerda, más…, esta rama, ¡un serrucho!, ¿no llevas?, ya no hace falta; bueno, prepárate…, ¿ya?, pues cuando quieras.
”No pasaré, no pasaré; en fin, si él ha pasado, malo será que yo…, ¡ufff!, ¡agg!…, no puedo…, veré, si dándome la vuelta…, tampoco, ¡caramba!, pues salirme por la derecha no me seduce en absoluto, ¿quizá…?, si pierdo grueso, ¡en fin!, ¡tensa fuerte que pruebo de nuevo!, ¡en fin!, ¡tensa fuerte que pruebo de nuevo!, ¡más fuerte!, ¡esta pierna…!, demasiado larga, ahora, los cu…, ¡uf!, la cabeza, ¡fuerte!, ¡más!, ¡más!, lo logré, ¡uf!, deja que me tome aliento. ¡Vale!, recupera, ¿cómo?, ¿que así no vale?, pues tú me dirás cómo hubiera pasado de no haberme quitado estas prendas [y quedar en calzoncillos].
”Al pisar de nuevo esta conocida y familiar cima, nuestro segundo pensamiento es para nuestro querido amigo Soriano (en estos momentos, el recluta José), ya que de no haber sido porque el deber para con la Patria es antes que las propias aficiones, nos habría acompañado [a Rabadá y Navarro] en estos momentos de júbilo que siguen al pisar por fin y tras largas horas de lucha la tan ansiada cima que, con su horizontalidad, es digno premio al trepador más exigente.
”Ensimismados en estos pensamientos, y mientras nos aseamos (¿?) y dejamos preparadas las cuerdas para el descenso, se nos ha echado la noche encima y la reseña en el libro registro tenemos que hacerla a la incierta luz de una solitaria estrella, primera de un sin fin de ellas que asomarán en esta bella y apacible noche.
”Momentos más tarde, y tras la presentadita de rigor, lanzamos la [cuerda] doblada para el descenso, en el que (nunca aprenderemos) volvemos a equivocarnos de cornisa; esta vez, nos hemos quedado cortos.
”Con la consiguiente discusión, y no sin antes haber dado la vuelta a medio mallo, ya de acuerdo en que la buena [ruta de descenso] está por debajo de nosotros, optamos por desplegar de nuevo las cuerdas; esta vez parece que hemos acertado, por lo que nos ponemos muy contentos y canturreantes, más bien… Esta alegría se nos pasa tan pronto nos metemos en la canal que, llena de zarzas y broza, separa esta piedra del macizo que la respalda. Tras haber dejado como tributo algún trozo de calcetín y alguno que otro de nuestra sonrosada carne, y llevarnos a cambio punchas [espinas clavadas] para entretenernos durante todo el viaje de regreso a Zaragoza. Vuelve a nosotros de nuevo la alegría de hallarnos en el camino que nos ha de c onducir a la próxima meta que nos hemos marcado (esta es una blanda cama tras una buena y opípara cena).
”Llegados junto a las mochilas, que a mediodía hemos dejado junto al río, procedemos (cosa curiosa) a asearnos de nuevo; esta vez, en serio. Un poco avergonzados de esta nueva hazaña, nos echamos las mochilas al hombro y continuamos el regreso hacia casa de Don Justo; los comentarios del día vienen a hacer más corta la distancia que de esta nos separa.
”Volvemos la vista atrás; no se distingue nada más que la masa gris del macizo donde la pálida luz de la luna se esfuerza en hacer destacar la silueta de esta Peña que tan buen día nos ha permitido pasar en su regreso”.
A que este parte de incidencias ha sabido a poco, ¿verdad? En fin; un croquis sobrio completaba este artículo de Alberto Rabadá, junto con una descripción práctica de la denominada como “La vía”, sin más. Vamos a reproducirla:
“Se inicia esta por la chimenea que se forma a la izquierda de la berruga que existe en la cara noroeste de dicha Peña [de Don Justo], chimenea fácil y segura, con un paso delicado en el centro de ella, este se resuelve con un clavo en la pared de la berruga, y progresando en ele con los pies por dicha pared, unos metros más de fácil chimenea y nos encontramos encima de dicha berruga; desde aquí pasamos horizontal a la izquierda a situarnos en la vertical de los diedros, dos pasos en extraplomos, que se resuelven con dos o tres clavos cada uno, nos sitúan, tras una tirada de cuerda, en una pequeña cornisa que se forma al pie del primer diedro, este en diagonal; continuamos por él hasta debajo de una balma que lo corta; esta se sortea saliéndose al lomo de la izquierda, por el que continuamos hasta situarnos en el diedro siguiente; este, algo descompuesto, pero ambos con buena clavazón; al final de esta nueva panza, esta la sorteamos hacia la derecha, a salir a una hermosa cornisa; desde esta, tras unas tres tiradas de cuerda por pared, de buenas presas y mejor clavar, nos situamos debajo del agujero final.
”Desde aquí, en una tirada más, nos situamos en la cima, no sin antes pasarlas todo lo estrechas que el paso [del Tubo de los Chemequeos] requiere”.
Y, ahora, las aclaraciones para entender mejor algún fragmento del artículo, que no todos. Por ejemplo, su arranque tan onomatopéyico y pintoresco. Alberto Planas lo desvelaba en 2002:
“En el último largo de esta vía, Rabadá tuvo que quitarse la ropa para poder pasar por un agujero, al que bautizaron con el nombre del Tubo de los Chemequeos (sollozos) por los gemidos y lamentos que Rabadá profirió hasta conseguir atravesar el agujero”.
En efecto; el aludido Tubo lucía una palabra aragonesa que tal vez haya que esclarecer para los lectores que no vivan en nuestra Comunidad. El Nuevo diccionario etimológico aragonés (1938), de José Pardo Asso, así lo explica: “Chemeco (de gemere, gemir): quejido, sollozo. Chemequido: chemecos, sollozos muy fuertes y prolongados”.
Respecto al descenso, también parece conveniente añadir que, dado que llegaron de noche a la cumbre, tendrían que buscar por dónde se rapelaba hasta acertar con el lugar exacto… Y un comentario más: recientemente, le pregunté a un veterano de Montañeros de Aragón sobre las interpretaciones en el Club sobre el particular estilo como narrador de Rabadá, y me respondió algo parecido a esto:
“Ese hombre era la monda. Te reías mucho con él, con todo lo que hacía y también con lo que escribía: de forma modesta, pero divertida siempre. Todos estábamos pendientes de lo que contaba en cada Boletín, que era luego muy comentado en nuestras reuniones”.
Puestos a ampliar en lo posible esta aventura inicial de Rabadá y Navarro, también resultará interesante la búsqueda de alguna noticia en la clasicísima Guía de Riglos. Escaladas y ascensiones (1984). De este modo presentaban el itinerario chemequeante sus autores, Rafael Montaner y Fernando Orús:
“En la difusa conjunción de las caras oeste y norte de la peña [de Don Justo], una enorme entosta despegada en unos sesenta metros resalta visiblemente en la parte baja del monolito. Las chimeneas de sus extremos son inicios de sendas vías que, lo mismo que las restantes que acceden a esta cima, a excepción de la normal, fueron objetivos logrados de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro. Esta vía [de los Diedros] la abrió el 2 de mayo de 1958 con Ernesto Navarro, fiel compañero con el que se formó legendaria cordada.
”Por la chimenea de la izquierda (norte), y luego por la sucesión de diedros que continúa, motivo del nombre de la vía, discurre este interesante y difícil itinerario. Ganar la cima de la entosta en dos largos de cuerda por la chimenea (IV, V sup y IV). Atravesar a la izquierda una gran plataforma en la base del primer diedro, y remontarlo directamente para alcanzar otra magnífica plataforma (V inf). Un corto paso permite acceder a una repisa remontada en otro diedro, oblicuo, casi continuación del anterior (15 m, IV sup). Seguir por él, atravesar a la izquierda y continuar una veintena de metros por otro amplio diedro difícil de pitonar, saliendo a la derecha a una gran cornisa donde efectuar reunión (30 m, A0 y V). Continuar por una fisura corta pero difícil (V) y por encima, con menos verticalidad, en dos largos por pared herbosa, se llega a la base de una chimenea interior (Tubo de los Chemequeos). A través de él, fatigosamente, se llega a la cima (10 m, V y IV). Vía parcialmente equipada. De cuatro a seis horas de escalada”.
A partir de su artículo inaugural, entre las páginas de los Boletines de Montañeros se sucederían las consiguientes tandas de peripecias trepadoras de Edil y Navarrico. Casi todas, firmadas por Alberto. Aunque no todas, no…
13 respuestas a «Alberto Rabadá en el Tubo de los Chemequeos»
Sobre la autoría de los croquis, ya he tenido oportunidad de hablar con Villarig. Lo resumo:
Para empezar, duda de que Navarro fuera el autor de ningún croquis.
El propio Villarig dibujó bastantes croquis siguiendo indicación de Rabadá, pero aunque reconoce sus trazos en el croquis de la Vía de los Diedros y también en el del Espolón del Firé, asegura que él no los realizó, al menos en su configuración definitiva.
Según me ha contado, Villarig realizaba el dibujo artístico del mallo y a partir de ese dibujo, Rabadá iba añadiendo el croquis de la vía. En vías muy trascendentales como en el espolón del Firé, Villarig ve además la mano de alguno de los delineantes que había por el club por aquel entonces, de modo que esos croquis tomarían la base de los dibujos de Villarig, pero terminarían confeccionados por Rabadá con la ayuda de algún delineante que marcaba las líneas y los metros.
¡¡¡Guaka, Álex…!!!